AFP

Durante casi 70 años, un monumento a la gloria de los soldados del Ejército Rojo dominó la gran plaza de Legnica, en el suroeste de Polonia, antes de acabar hace unos días en un almacén municipal, como otras decenas de vestigios de la era soviética. 

"En virtud de la ley de descomunización, los municipios tenían hasta finales de marzo para retirar sus monumentos por cuenta del Estado. Después de ese plazo, lo habríamos tenido que pagar nosotros", explica a la AFP el portavoz de la ciudad, Arkadiusz Rodek.  

Para el partido conservador nacionalista Ley y Justicia (PiS), promotor de la ley del 1 de abril de 2016, el Ejército Rojo expulsó a los nazis, pero impuso sobre todo otro régimen totalitario cuyas huellas deben ser eliminadas sin piedad. 

La ciudad de Legnica, apodada "el pequeño Moscú" por haber albergado la mayor base militar soviética en Polonia, tuvo que recurrir a una grúa para quitar el monumento de bronce de 2,5 toneladas. 

La estatua de "gratitud" es un clásico de la propaganda estalinista: con un gesto fraternal pero dominador, un soldado soviético le entrega a un soldado polaco la libertad reconquistada, en presencia de una niña, vestida de pionera, que simboliza un futuro radiante. 

Algunos habitantes sarcásticos consideraban a los dos soldados como "la primera pareja homosexual del bloque soviético". 

En 2016, el gobierno del PiS encargó al Instituto Nacional de la Memoria (IPN) supervisar la operación de descomunización. 

"Mientras siga habiendo monumentos comunistas en el espacio píblico, glorifican al régimen comunista. Deben ser desmontados y transferidos a museos de propaganda comunista", como el de Podborsko, en el noroeste, explica a la AFP el historiador Maciej Korkuc, director en el IPN, que contabilizó unos 300 monumentos de ese tipo. 

Tanque soviético 

Pero muchos municipios se oponen a esa ley. En la ciudad norteña de Elblag, para evitar desplazar un tanque soviético T-34, las autoridades lo legaron al museo arqueológico. Al dejar de ser una propiedad pública, el carro de combate no tiene por qué ser retirado. 

La ciudad vecina de Malbork intentó en vano vender el suyo, pero no encontró ningún comprador. "Siempre ha estado aquí. Durante toda mi infancia, hemos jugado al gato y al ratón o al escondite a su alrededor. Nunca ha molestado a nadie", dice un joven habitante, Mateusz Jablonski. 

En Lapanow, una pequeña localidad del sur, el alcalde convirtió el exmonumento a la memoria de los milicianos comunistas abatidos por la resistencia anticomunista en 1946 en una estatua a la gloria de esos mismos resistentes, los llamados "soldados malditos", a los que intenta recordar el IPN. 

Después de 1989, Polonia retiró numerosos monumentos comunistas como estatuas de Lenin o Dzerzhinski. Pero el proceso se detuvo por falta de dinero, omisión o por el regreso de los postcomuistas al poder. "Ahora ha llegado la hora de poner orden", dice Korkuc. 

La historia revisada 

Esta vez el PiS quiere hacer limpieza. El IPN hizo una lista con unos 1.500 nombres de lugares y organizaciones que hay que cambiar. Sin obtener un consenso entre la población. 

En Sosnowiec, en Silesia, los habitantes quieren conservar la rotonda Edward Gierek, un dirigente comunista del que muchos polacos guardan un buen recuerdo. 

Ya hubo protestas en Polonia y en el extranjero cuando las autoridades cambiaron los nombres de las calles que recordaban a polacos de las Brigadas Internacionales de la guerra de España. 

Y Moscú considera el derribo de los monumentos como una ofensa hacia los soldados soviéticos que murieron para expulsar a los alemanes nazis de Polonia. 

Las decisiones pertenecen ahora a los voivodes (representantes del gobierno) que cambian los nombres de las calles sin consultar a los habitantes, como en Varsovia, donde la avenida del Ejército Popular recibió el nombre del presidente fallecido Lech Kaczynski.  

Para la oposición, el PiS escribe su propia política histórica, erige sus propios monumentos y glorifica a sus propios héroes.  

Los detractores del gobierno se preguntan hasta dónde puede llegar esa política cuando oyen a los más radicales, entre ellos el primer ministro Mateusz Morawiecki, decir que sueñan con derribar el Palacio de la Cultura y de las Ciencias, la gigantesca torre que regaló Iósif Stalin a Varsovia. 

Para quienes defienden su retirada, el edificio es un símbolo de la dominación de Moscú. Para los turistas, es un elemento ineludible de la capital polaca al que los habitantes se han acabado acostumbrando. 

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