"Si rechazara la maldad huyendo, no podría estar en ninguna parte".

Así le dice a BBC Mundo Osvaldo Aravena, uno de los laicos chilenos que se reunió con el enviado especial del Vaticano para investigar los abusos sexuales en Chile, Jordi Bertomeu, y parte del grupo que, tras esa reunión, aseguró que ya no le temía al poder de los obispos chilenos.

Aunque no es víctima directa, al igual que muchas otras personas en el país Aravena también ha sido tocado y conoce de cerca los delitos cometidos por algunos curas chilenos y encubiertos por las autoridades eclesiásticas, prácticas ante las que el Papa Francisco reconoció públicamente "dolor y vergüenza".

Periodista de profesión, la vida de Aravena ha transcurrido cercana a la iglesia, especialmente en los años 80, cuando a través de la Vicaría de la Solidaridad algunos sacerdotes protegieron la vida o documentaron el sufrimiento de la gente perseguida por los servicios secretos de la dictadura.

Pero esa cercanía se fracturó cuando Ricardo Muñoz, el sacerdote que hizo la misa fúnebre de la abuela de Aravena, fue condenado el 2011 a 10 años y un día de cárcel por la explotación sexual de cuatro menores y el almacenamiento de pornografía infantil.

En un caso lleno de escabrosos detalles, los persecutores detallaron que el cura tenía un número indeterminado de hijos y una pareja que le ayudaba a contratar a las víctimas del abuso, a quienes llevaba a moteles y pagaba con dinero robado de la Iglesia.

Si alguna menor lo reconocía, Muñoz decía que no era el cura, sino su hermano gemelo.

El mismo sacerdote ofició también el bautizo de la única hija de Aravena.

"Hoy ella tiene una distancia sideral con la Iglesia Católica y yo no le he querido contar lo que pasó. No asocia que el cura que la bautizó es un abusador, pero tampoco pesca más a la iglesia", cuenta.

El condenado Muñoz es uno de los 80 religiosos denunciados públicamente en Chile según las cifras de la organización estadounidense Bishop Accountability, que advierte, eso sí, que se trata de un número muy preliminar de abusos.

En su página web, la organización asegura que el listado representa solo "una fracción del total de clérigos denunciados por abusos, cuyos nombres serían conocidos si los obispos chilenos tuvieran la obligación de presentar una denuncia ante la justicia civil, si su sistema legal les diera a las víctimas más tiempo para presentar denuncias penales y civiles, o si los fiscales y comisiones estatales investigaran las diócesis".

"Impotencia e indignación"

Osvaldo Aravena cuenta que conoció a Muñoz a mediados de los 80, en una comuna rural donde vivían unas 30 mil personas. "Los párrocos son importantes en lugares como esos", le dice a BBC Mundo.

Sin conocer la doble vida del cura, que solo saldría a la luz tras su detención, se lo volvió a encontrar 20 años después trabajando en otro lugar, en una iglesia que atendía a sectores de menos recursos. Allí le pidió que oficiara el bautizo de su hija. Pocos años después, un programa de televisión "sorprendió a su amante llevando material pornográfico y para abusos", recuerda Aravena.

"Sentí impotencia, indignación. Empecé a investigar el tema y lo que más rabia me da es que las víctimas dicen: una cosa es el abuso y otra es la protección a los abusos", dice el periodista.

"Hay un diálogo en la película Spotlight donde le dicen al equipo de Mike Rezendes que esto no se trata de un cura, esto se trata de un sistema. Lo mismo pasa en Chile. Si un sacerdote dejaba embarazada a una mujer, lo expulsaba. Y los que abusaban, los cambiaban de parroquias", resume.

El juicio contra Muñoz se realizó en enero del 2010. Tres meses después, el país se conmocionaba ante las denuncias en televisión de los sobrevivientes de otro sacerdote, Fernando Karadima, una figura influyente entre los sectores más poderosos de la sociedad chilena.

Sus principales denunciantes, el médico James Hamilton, el periodista Juan Carlos Cruz y el sicólogo José Andrés Murillo, llevaron sus acusaciones ante los medios y la justicia y tras años de lucha, lograron que los tribunales chilenos acreditaran sus denuncias y que Karadima fuera condenado por el Vaticano.

Pero la decisión de la Iglesia Católica de nombrar a uno de los cercanos de Karadima, Juan Barros, como Obispo de Osorno, gatilló la división entre los fieles de la ciudad sureña, la presión de los laicos, los medios y la ciudadanía y, finalmente, hasta la intervención del Papa, además de una crisis sin precedentes en la iglesia chilena.

"Muñoz era un sacerdote de una zona rural que abusaba de niños de la calle. Sus víctimas no pudieron hablar públicamente. En buena hora, las víctimas de Karadima tuvieron la oportunidad de acceder a los medios. Pero Muñoz prueba que antes de Karadima hubo muchas otros casos similares", dice Osvaldo Aravena.

"Lo de Karadima tomó fuerza y generó una reacción grande porque se trataba de una persona vinculada a la élite chilena", agrega.

Manteniendo la fe

¿Qué mantiene la fe de una persona que ha visto de cerca la extensión del daño que los sacerdotes acusados de abusos, y cómo se vieron favorecidos por la política de encubrimiento o reubicación que siguió la Iglesia Católica chilena ante las denuncias?

"La fe no se puede explicar, la tienes o no. Pero la fe te mueve a vivir y sobrevivir ante situaciones muy dramáticas y para mí ha sido un aliento en momentos muy duros, muy difíciles. Yo no puedo olvidar cuando la iglesia fue un lugar de amparo en Chile", dice Aravena.

El periodista integró el "Movimiento contra la tortura" fundado por el sacerdote jesuita José Aldunate tras la muerte del obrero chileno Sebastián Acevedo, quien en noviembre de 1983, tras la detención de sus dos hijos, y sospechando que estaban en manos de los agentes de seguridad del régimen, se quemó vivo en una plaza pidiendo su liberación.

Ante la inmolación, el cura Aldunate, acompañado por personas que incluían a católicos como Aravena, organizó el movimiento Sebastián Acevedo, que se paraba frente los tribunales de justicia, medios de comunicación y, en un gesto de coraje, frente los mismos centros de tortura con un lienzo diciendo "Aquí se tortura".

Cuando detenían a los manifestantes, el sacerdote se subía a la fuerza al carro policial para ser arrestado él también. Hoy Aldunate tiene 102 años, y Aravena todavía lo visita cuando puede.

"Lo que ha ocurrido en Chile en los últimos 20 años ha sido que la iglesia se volvió lejana, distante", le dice el periodista a BBC Mundo.

"Pero mi fe es en el Cristo de la historia, metido en la realidad de la pobreza, como hicieron Aldunate y hoy hacen otros religiosos y religiosas, gente que trabaja en la realidad dura, en los barrios donde están los narcotraficantes. Ese Cristo está vigente y a él le rezo el Padre Nuestro todas las mañanas. Ya no voy a misa todos los domingos, pero armé un pequeño espacio de oración en mi casa y vivo mi fe intentando ser coherente", cuenta.

En una dolorosa muestra de la profundidad de la crisis en la iglesia chilena, al menos uno de los sacerdotes que trabajó en la protección de los Derechos Humanos en Chile en la década de 1980, Christian Precht, también fue denunciado por "conductas abusivas", recibiendo una condena canónica de 5 años.

"Mi fe está en crisis, pero firme", dice sin embargo Aravena. "Nosotros los laicos, estamos luchando por encontrar un espacio en la iglesia. Y lo estamos buscando sin pedir permiso. Yo no digo que hagamos una revolución, pero creo que los abusadores que siguen en la iglesia, tienen que estar advertidos de que los vamos a enfrentar".

Hoy, Aravena integra la Red Laical, que se reunió con Bertomeu. Dice que los católicos cercanos a la iglesia, como él, se sienten empoderados por el ejemplo de los laicos que en la ciudad de Osorno protestaron hasta el que el Papa no sólo removió al cuestionado Obispo Barros, sino que también pidió la renuncia de todos los obispos chilenos.

Dice que el investigador del Papa le dijo que las resistencias en la iglesia chilena se enfrentarían con la convicción de Francisco.

"Yo creo que en la Iglesia Católica hay una tensión política muy dura. Saben que aquí hay una caja de Pandora tan gigante, de tantas atrocidades que, o hacen algo genuino, o se olvidan del catolicismo como una iglesia mayoritaria, importante", afirma Aravena.

"Nosotros le hicimos ver con mucho respeto a los investigadores del Papa que nosotros no íbamos a esperar que nos dijeran que hacer, que nos íbamos a mover, que esto estaba empezando, que no bastaba con remover a los obispos, que hablaran con el laicado nacional sobre los cambios de fondo. Yo voy a dar la pelea dentro de la iglesia, no vamos a dejar que los obispos sigan haciendo a diestra y siniestra", advierte.

"Yo de aquí no me voy. Irse es dejarle el espacio a los malos", concluye.

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