Ya estamos en enero y muchas familias en Chile ya comienzan a planificar lo que serán las vacaciones de verano. En esa línea, durante estas fechas, siempre se comienza a hablar de las mismas playas, fenómeno que es conocido como hiperconcentración turística u overtourism, una tendencia que empuja a la mayoría de las personas hacia unos pocos destinos muy visibles, mientras otros, igual de valiosos, permanecen casi invisibles.

Según explica Pablo Rebolledo, director de la carrera de Administración en Ecoturismo de la Universidad Andrés Bello, esta situación no responde solo a preferencias personales. Durante años se ha ido construyendo un mapa turístico reducido, donde algunas localidades se vuelven “las obvias” y se refuerzan constantemente, mientras otros quedan fuera del circuito habitual. A esto se suma la comodidad de volver a lugares conocidos, lo que reduce la incertidumbre, pero también la sorpresa.

Sin embargo, mientras los lugares tradicionales se saturan, existen otros territorios con paisajes extraordinarios, culturas locales vivas y experiencias profundas, que ofrecen alternativas para todos los gustos: mar, montaña, desierto, patrimonio, naturaleza o gastronomía. Muchas veces están ahí mismo, a pocas horas de los sitios más concurridos, esperando ser descubiertos.

Revisa aquí el listado de destinos para ir de vacaciones

Valle de Camarones (Región de Arica y Parinacota): Un territorio donde el desierto es memoria viva. Terrazas agrícolas prehispánicas, pequeños pueblos y tradiciones andinas dan forma a una experiencia que invita a comprender la historia del agua, la agricultura y la vida en condiciones extremas, lejos del turismo rápido y superficial.

Pica y sus oasis (Región de Tarapacá): Pica representa otra forma de refugio. A mitad de camino entre el desierto minero y la memoria salitrera, este territorio combina arquitectura tradicional, frutales, aguas termales y vida comunitaria. Es un destino de ritmo lento, ideal para quienes buscan descanso sin espectáculo, hospitalidad sin estridencias. Un oasis en sentido literal y simbólico.

Caleta Chañaral de Aceituno (Región de Atacama): Frente a la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, este pequeño poblado pesquero se ha convertido en uno de los mejores lugares del país para el avistamiento responsable de ballenas, delfines y aves marinas. Aquí el turismo se vive a otra escala, con calma, respeto por la naturaleza y una fuerte identidad local ligada al mar.

Quintero (Región de Valparaíso): Más allá de su pasado industrial, este territorio ofrece caletas históricas, borde costero rocoso, miradores naturales y una gastronomía marina que poco a poco vuelve a valorarse. Mirarlo desde una perspectiva turística consciente también permite reconocer su complejidad y acompañar sus procesos de transformación.

San Rosendo (Región del Biobío): Es de esos lugares que parecen vivir un poco al margen del mapa turístico oficial, pero que guardan más historia y paisaje del que uno imagina. Ubicada entre los ríos Biobío y Laja, fue durante décadas un nudo ferroviario estratégico, y todavía hoy se respira ese pasado en su antigua estación, su patrimonio ferroviario y la vida tranquila que se organiza en torno a las vías y al río. No es un destino de multitudes, sino de caminatas pausadas, miradores sencillos y memoria viva.

Cochamó (Región de Los Lagos): Un valle profundo rodeado de paredes de granito, bosques húmedos y ríos transparentes. No es un destino de consumo rápido, sino de inmersión en la naturaleza, donde el viaje se vive caminando y respetando los tiempos del territorio.

A estos se suman otros lugares igualmente poco visitados, como el Parque Nacional Lauca, en el altiplano, o la Laguna Pirquinco, en la cordillera del Biobío, ambos con paisajes extraordinarios que se mantienen fuera del turismo masivo, no por falta de atractivo, sino por permanecer en ese límite entre lo conocido y lo que aún está por descubrir.

Para el académico de la UNAB, explorar estos destinos también implica una responsabilidad. “El turismo puede generar impactos negativos si llega sin planificación ni respeto, pero cuando se desarrolla de forma consciente, con participación local y cuidado del entorno, se transforma en una herramienta que fortalece economías, protege paisajes y rescata identidades”, señala. 

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