Un momento.

¿Cuántas veces en tu vida te han pedido un momento?

Quizás en medio de una discusión alguien dijo: "¡Un momento! Recuerden que..." e introdujo un dato que afectaba el curso de lo que se estaban hablando.

O tu mamá te pedía, desesperada, que te quedaras quieto o callado al menos un momento, por favor.

¿Recuerdas el momento en el que todo cambió?

A cada momento; al momento; de momento; por el momento; de un momento a otro; en un momento dado... ¡Un momento!

¿Qué es un momento?

Difícil pregunta, particularmente si la respuesta que buscamos es una que defina su duración.

Puede ser una porción de tiempo muy breve -como cuando decimos "sólo estaré ahí un momento"- o un lapso más largo singularizado por alguna circunstancia -como al señalar "tristemente, la Segunda Guerra Mundial fue el mejor momento de su vida"-.

Hay científicos que pueden medir algunos momentos, pues saben que son "la suma de los productos que resultan de multiplicar la masa de cada elemento de un cuerpo por el cuadrado de su distancia a un eje de rotación".

Pero esa fórmula para el momento de inercia, así como otras para medir el momento de una fuerza o el momento lineal, no les sirven ni siquiera a ellos para definir la duración de, por ejemplo, el momento de la verdad.

¿Será que alguien, alguna vez, habrá sabido cuánto dura un momento?

Curiosamente...

Hubo un momento en la historia en el que una parte de la humanidad tenía muy claro cuánto duraba.

Gracias a la evidencia documentada del uso de relojes de sol, la mayoría de los historiadores le atribuyen a la civilización egipcia la división del día en partes más pequeñas.

Desde al menos 1500 a.C. ya habían dividido el tiempo con luz en 12 partes. La noche tomó más tiempo, pero para 1400 a.C., con los períodos entre el alba y el ocaso, y los del anochecer hasta el amanecer divididos en una docena de partes cada uno, el concepto de un día de 24 horas se arraigó.

La cuestión era que esas horas no duraban lo mismo todo el año en lugares con cuatro estaciones, donde el Sol puede salir a horas tan diferentes como 3:00 a.m. en verano o a las 9:00 a.m. en invierno.

A pesar de que el astrónomo y matemático Hiparco de Nicea, propuso entre 147 y 127 a.C. dividir el día en 24 horas equinocciales -cuando hay 12 horas de luz diurna y 12 de oscuridad-, el común de la gente continuó usando horas que variaban según la temporada durante muchos siglos. (Las horas de duración fija se volvieron comunes solo después de que aparecieron los relojes mecánicos por primera vez en Europa durante el siglo XIV).

El caso es que el movimiento de la sombra en un reloj de Sol cubría 40 momentos durante una hora solar.

Pero como la hora no tenía una duración fija durante el año, los momentos tampoco.

No obstante, en promedio, un momento duraba 90 de nuestros segundos.

De horas a átomos

La primera referencia a ese sistema fue encontrada en los escritos del erudito monje benedictino Beda el Venerable (c. 672 - 27 de mayo de 735), quien registró que:

1 hora = 4 puntos = 5 puntos lunares = 10 minutos = 15 partes = 40 momentos.

Para cuando el filósofo, protocientífico y teólogo escolástico franciscano Roger Bacon (c. 1214-1294) describió las unidades de tiempo, se habían introducido algunos cambios.

Tratando de entenderlos, recurrimos a la anónima obra astrológica "Repertorio de los tiempos", impresa en Valladolid en 1554.

Explica que el día natural se había repartido en 4 cuadrantes. Similarmente, la hora estaba dividida en cuatro partes llamadas puntos que "son los que la gente vulgar llaman quartos de hora".

Cada uno de esos puntos estaba distribuido en momentos y: "Qualquera de los momentos ya dichos dividieron los antiguos en doze partes, a las quales llamaron uncias".

Finalmente, "Cada una de las uncias dividieron en quarenta y quatro partes, a quien llamaron áthomos, vocablo griego que quiere dezir 'indivissible' o 'impartible'".

De manera que cada hora contenía 4 cuadrantes, 40 momentos, 480 uncias y 22.560 átomos.

De 40 a 60

Ninguna de estas unidades de tiempo habrían sido utilizadas en la vida cotidiana. Para los plebeyos medievales, el principal marcador del paso del tiempo era la llamada a la oración a intervalos durante todo el día.

Este estado de cosas continuó hasta bien entrado el siglo XVI, con relojes que a menudo dividían una hora en mitades o cuartos.

Una vez que los relojes y otras tecnologías de cronometraje comenzaron a ser más avanzadas y precisos, la hora de 60 minutos reemplazó a la de 40 momentos.

Aunque no se sabe por qué se eligió 60, pero es muy conveniente para expresar fracciones, ya que 60 es el número más pequeño divisible por los primeros seis números contables, así como por 10, 12, 15, 20 y 30, mientras que 40 momentos solo se podían dividir entre 2,4,5 y 10.

Pero el momento seguía vivo.

Por un instante

El sistema había cambiado de manera que la hora se había dividido en cuatro cuartos. Cada uno de ellos contenía 15 minutos en vez de 10 momentos y esos minutos estaban divididos en 60 momentos, segundos o instantes, como explica John Brady en su obra "Clavis Calendaria" (1812).

No obstante, pronto, el momento empezó a adquirir esa maravillosa cualidad elástica que conocemos.

"Los tres términos diferentes que se le dio a la fracción más pequeña de duración, aunque sinónimos en su significado, en el uso ordinario, cuando se aplican para expresar un propósito, no son considerados iguales", anota Brady.

Y explica la diferencia de esta manera:

"Un hombre prudente pausará por un momento antes de emprender algo de importancia; una persona con menos experiencia, no lo piensa ni un segundo, y un bobo, ni un instante".

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