El año pasado, la periodista de la BBC Fiona Crack quedó embarazada, algo que había anhelado toda su vida, pero su fuente se rompió prematuramente y su hija murió.

Esta es una historia de un año de dolor y sanación, y también es la historia de otras cuatro mujeres extraordinarias que compartieron su experiencia con ella.


Cuando tenía ocho años, mi prima tuvo un bebé. Mi mamá sabía que me encantaban los bebés. Por eso me dejó en su casa para que la "ayudara" por unos días.

Debí haber sido muy útil porque cuando otra prima tuvo su bebé, me volvió a despachar a su casa.

Paseaba a los bebés de un lado a otro por el pasillo y esquivaba a los hermanitos cuando les daban arrebatos de celos.

También ayudé a una vecina a establecer la rutina del baño y de dormir de su bebé.

Cuando cumplí los 12 años estaba feliz porque eso significó que podía ser la niñera de todos los niños del pueblo donde vivía.

No veía la hora de convertirme en madre.

Pero cuando tenía 29 años, sufrí de un cáncer cervical. La operación que necesitaba para salvar mi vida me privaría de la oportunidad de tener un hijo.

Dos meses antes

Encontré una luz en un estudio médico que leí y que me daría esa oportunidad. Hallé un especialista que podía hacer el procedimiento.

Cuando la orden de operar no llegaba, decidí presentarme y rogarles que me lo hicieran.

Vendrían varios años de tratamientos de fertilización in vitro y abortos involuntarios.

Pero finalmente, en la mañana de un jueves, la bebé que tanto anhelaba estaba moviéndose en mi última ecografía programada.

Las parteras se despidieron de mí deseándome buena suerte en el parto.

Me fui a trabajar.

En la tarde, cuando estaba en la oficina comiéndome un trozo de pastel de limón para despedir a un colega que se iba, sentí un chorro de un líquido caliente que corría por mis pantalones.

Mi fuente se había roto dos meses antes.

Fui hospitalizada y los médicos me dijeron que teníamos que retrasar el parto tanto como fuera posible para permitirle a la bebé que se fortaleciera.

Seis minutos

Diez días después me dijeron que todo marchaba bien y que podría regresar a casa el siguiente día.

Pero poco después de la medianoche, el cordón umbilical se desconectó, comprometiendo el suministro de oxígeno y nutrientes de mi bebé.

En los seis minutos que tomó llegar al quirófano, cuando las enfermeras corrían y gritaban mientras arrastraban mi camilla a través de los corredores vacíos, nuestra bebé murió.

No dormí en 48 horas. Caminé de un lado a otro. Me negué a tomar medicamentos.

Mi preciosa y anhelada bebé estaba acurrucada, en silencio, en mi útero. El cordón que nos unió, me estaba colgando.

Cuando mis pies me dolían de tanto caminar, me acosté dándole le cara a Tim, mi pareja.

Recuerdo la historia de una señora a la que le dijeron que su bebé había muerto, pero resultó que nació saludable.

Eso me hizo llamar a la enfermera para preguntarle si quizás estaban equivocados. Veinte minutos después, Tim volvió a llamar y repitió la misma pregunta.

"Cuando me despierte, lo veré

Me sometieron a una cesárea en la mañana siguiente.

A medida de que respiraba a través de la máscara y sentía que la anestesia era inyectada en mi vena, pensé: "Soñé por 30 años con ver el rostro de mi hija y cuando me despierte, lo veré".

Cuando me la dieron, mi corazón se expandió en amor. Era hermosa, medía 30 centímetros.

Le pusieron un gorrito blanco y la vistieron con un pequeño vestido también blanco. La cubrieron con una manta blanca tejida a mano.

Los dedos de sus manos y de sus pies reposaban en completa perfección.

Como nosotros, sus piernas eran largas. La llamamos Willow.

Me imaginé que el corazón de Tim se rompió cuando dijo su nombre.

La miré incrédula. No podía entender por qué estaba muerta.

Común pero poco hablada

Las parteras y los doctores vinieron. No había respuestas a nuestras preguntas.

Quizás no eran las preguntas correctas.

Estábamos en el área del hospital dedicada a los partos.

Tuve que escuchar a las mujeres en pleno trabajo de parto y a sus recién nacidos llorando.

Mis brazos me dolían. Pensé que había desarrollado un coagulo de sangre, pero los doctores me dijeron que era normal: una repuesta biológica al shock de que no había un bebé vivo para cargar.

Sollocé. Mi leche salió y manchó mi camisa. Estaba demasiado exhausta para que eso me avergonzara.

La muerte fetal es mucho más común de lo que la gente podría pensar pero es muy raro que se hable de ella porque el embarazo es una época de alegría y esperanza.

Nos tuvimos que quedar en el hospital otras cuatro noches. Nuestra hija estaba en una cuna refrigerada.

Nadie nos dio a entender que era hora de irnos, pero sabía que había llegado la hora.

La misma fecha, el mismo documento

No me atreví a despedirme de las parteras que se sentaron con nosotros toda esa noche, que vistieron a nuestra hija para nosotros.

No había suficientes palabras para expresar mi inmenso agradecimiento. Ellas lloraron y nosotros también. Asentimos con la cabeza y nos fuimos.

Teníamos dos ovejitas de peluche iguales. Una con la que dormimos nosotros y otra para Willow, que habíamos dejado en su cuna.

De camino a casa en el automóvil, me aferré a la ovejita, estaba empapada de lágrimas. Le susurré palabras y me imaginé que mi hija podía escucharlas.

Era un duelo guardado y que se estiraba en el tiempo.

Las parteras nos recordaron que teníamos la obligación legal de registrar el nacimiento de Willow.

Y así lo hicimos. Un funcionario nos preguntó en voz baja preguntas tristes.

Dejamos la prueba legal de que ella estuvo aquí, que fue real.

Nacimiento y muerte aparecieron en el documento, el único que llegó a tener.

El funeral

Cuando llegamos a casa, había una pila de correspondencia y aparté la mirada de esos sobres porque había una mezcla de amabilidad y vergüenza de algunas personas.

Algunos amigos vinieron. Familiares también.

Me volví a poner mis pantalones de maternidad y cambié el tema. Pero no había nada que pudieran decir y regresé a la cama.

En vez de un bautizo, organizamos un funeral.

Con los ojos secos (como si no hubiese quedado ni una sola lágrima), ofrecí un panegírico en un crematorio lleno de familiares llorosos.

Las flores eran demasiado grandes para la pequeña tapa del ataúd de Willow.

Pedimos que, al final, no cerraran las cortinas.

Cuando finalmente logré salir, me saqué una parte de mi alma para quedarme con ella, mi primera hija.

La amargura

Dos semanas después, Tim regresó al santuario del trabajo y me quedé sola en casa.

Nuestro luto tomó caminos diferentes y mi soledad y aislamiento aumentaron.

Me asusté al leer sobre las tasas de rupturas de parejas tras la muerte de un hijo y decidí buscar ayuda de un consejero experto en duelos.

Encontré que había mucha ayuda disponible para madres, pero muy poca para padres.

Sin embargo, logramos encontrar a alguien que nos ayudaría a los dos y a quien aún vemos.

Mi periodo regresó y me enfurecí por la traición de mi cuerpo.

Borré amigas de Facebook que habían tenido bebés saludables de la misma edad de Willow o amigas embarazadas con su segundo o tercer hijo.

Los algoritmos hicieron de las redes sociales un lugar oscuro para mí: con anuncios publicitarios sobre alimentos para bebés, cochecitos y ropita inundandome.

Me enojé, me amargué y me aísle.

El miedo

Un día, tomé tres trenes para llegar a una casa ubicada en el extremo noreste de Inglaterra para visitar a mi abuela, Nancy, quien tiene 103 años.

Pasé y me senté junto a sus pies con mi cabeza en su regazo.

Ella también tuvo un bebé muerto hace más de 60 años. Acarició mi cabello y me dijo: "Siento lo del bebé".

Originalmente llegamos a planear ponerle su nombre a la niña que no llegó a conocer.

Fue la visita más difícil que hice y, en cierta forma, fue el inicio de mi curación.

Empecé a hacer mucha investigación. Pedí mis apuntes médicos en todos los hospitales en que he sido tratada en la última década e investigué cada etapa de mi tratamiento médico y embarazo, las referencias cruzadas y rompí los códigos de los garabatos de los doctores.

En el corazón de mi obsesión había culpa, era un miedo de pensar que la muerte fetal había sido mi culpa.

Un miedo que era erróneo, pero que otros padres de niños que nacieron muertos también han sentido.

El escape

Me encontré con un cachorrito de nueve semanas y lo traje a casa.

Pesaba dos kilos, lo que pesa un recién nacido.

Sus necesidades me hicieron sentir útil. En mis viajes nocturnos al baño, nos encontrábamos en la oscuridad y saltaba encima de mí como un niño deseando ser cargado.

Cuando la llamaba en el parque, de vez en cuando dije Willow.

La navidad se avecinaba pero desvié mis ojos de ella. Metí rápidamente dinero en las tarjetas para sobrinas y sobrinos.

Nos escapamos del sueño de nuestra primera navidad en familia yéndonos a una remota cabaña para pastores en Suffolk, en la costa oeste de Inglaterra.

Hicimos largas caminatas, en las que nos turnábamos para cargar al cachorro.

En la noche de navidad fui a una misa mágica de medianoche en una pequeña iglesia rural.

Lloré silenciosamente durante todo el servicio. La señora mayor que estaba a mi lado, una extraña, me agarró la mano.

El regreso a la oficina

En Reino Unido, haber tenido un bebé muerto les da a las mujeres los mismos derechos y protección que las otras madres.

Tomé mi licencia de maternidad y regresé al trabajo después de cuatro meses.

La oficina era un lugar más fácil que la casa. Allí me podía esconder de mi pérdida.

Aunque a veces los colegas me sorprendían con la pregunta: ¿Tuviste niño o niña?

Me acostumbré a responder: "Mi hija nació muerta" y luego les tocaba el brazo y les decía: "Está bien, por favor, no te preocupes".

En las largas noches en casa, bebí mucho vino tinto.

En el invierno, había destellos de esperanza. Algunos días, me sentía positiva, podía encontrarme con mis amigos y reír.

Algunas veces estaba lista para sonreír cuando Tim llegaba a casa.

Muchas veces pensé que ambos sólo intentamos, no por nosotros, sino por el otro.

El jardín, el cuarto

Mis mecanismos de defensa se enfocan en hacer cosas. Así que planeé que una parte de nuestro jardín se lo dedicaremos a Willow.

Compré todos los utensilios, leí libros de jardinería y en la semana más fría, en febrero, empezamos los trabajos.

Amigos y familiares vinieron a ayudar en medio de la nieve, mientras nuestra cachorra Pina jugaba.

Nos agotamos físicamente de tanto trabajo manual.

En la semana en que se celebraba el Día de la Madre, me quedé viendo a los niños que salían de la escuela local.

Un día decidí abrir por primera vez la habitación que habíamos preparado para la bebé.

Desdoblé y volví a doblar su ropita, y luego me senté en el piso con la última pieza, poniéndola entre mi clavícula y el ombligo.

Las motas de polvo volaban a medida de que penetraba la luz del sol del atardecer.

Recordé el correo electrónico en el que me informaban que las cortinas para el cuarto estaban listas.

Cuando respondí que ya no las necesitaba, me respondieron: "Las enviaremos cuando estés lista". Me pregunté si la vendedora habría perdido un bebé.

Lloré y lloré, y eventualmente me quedé dormida.

Cuando me desperté ya era oscuro y encontré dos tarjetas del Día de la Madre: una de mi mamá y la otra de Tim, diciendo que era y siempre seré una madre brillante para Willow.

Desde ese día, dejé su cuarto abierto y ahora el aire circula mejor por la casa.

Una caja de recuerdos

Para su primer cumpleaños, planeamos una fiesta en su jardín para recaudar fondos para organizaciones de caridad dedicadas a familias que han tenido bebés que nacieron muertos.

Una de las que queríamos ayudar le ofrece cajas de recuerdos a los hospitales para los padres en duelo.

Nos habían dado una para Willow y tuve el valor de volverla a ver.

Dentro había:

  • Una manta blanca tejida
  • La pulsera hospitalaria de Willow
  • Fotos de Willow cuando nació
  • Las huellas de sus pies
  • Un traje enterizo que habíamos llevado al hospital para vestir a Willow

Algunos de estos objetos estaban en la caja cuando la recibimos, otros los metí yo.

Quise conocer otras mujeres que entendieran el poder de esta caja.

Semanas antes del cumpleaños de Willow, empecé un viaje por Reino Unido para visitar madres que vivían su luto y que estaban conectadas con estos objetos.

Estas son las historias de cuatro de cinco de ellas.


Val

Val Isherwood dirige Tigerlily Trust, una organización de caridad que le suministra mantas, abrigos y ropa a bebés que nacieron muertos.

Todo iba perfecto con mi embarazo hasta probablemente la semana 16 ó 17.

Recibimos una llamada que empezó: "¿Estás sola?". El hospital me dijo que mi bebé tenía algo llamado Síndrome de Edward y que no se esperaba que viviera más allá de las 28 semanas.

Ella llegó a las 32 semanas. Pero un día, cuando estaba sacando algo de un cajón, sentí una punzada de dolor.

Fuimos al hospital y el corazón de Lily había dejado de palpitar.

Intentamos tener otro bebé tan pronto como pudimos y pensamos en la fertilización in vitro, pero a mi edad las probabilidades eran bajas.

Tenía 46 años y pensé que no iba a poder pasar por todo eso en caso de que las cosas no salieran bien.

Me enfoqué en la aceptación: mi mensaje para mí misma era que si no era para mí (ser madre) entonces esa sería mi historia.

Ayudar

Sabía que necesitaba encontrar formas positivas para canalizar todo ese amor y esa energía que iba a estar dirigida en criar a Lily.

Empecé a buscar la colaboración de tejedoras que nos ayudaran a hacer la ropita que deseé me hubiesen dado a mí en el hospital para Lily.

La gente empezó a preguntar si podía donar sus vestidos de bodas para convertirlos en ropita de bebé.

Ahora, muchos de los padres que se ponen en contacto con nosotros no pueden creer que alguien les haya tejido algo para darle dignidad a su bebé.

Tengo alrededor de 380 nombres en mi lista de personas que han contribuido de alguna manera. Algunas de ellas son abuelas cuyas hijas han perdido bebés.

Mi consejo para los padres que están pasando por esto es que te permitas afligirte mucho.

No le tengas miedo a tu dolor, compártelo con la gente. Eso es un tiempo precioso antes de que el mundo sepa que estás bien. Déjate tener ese tiempo.


Rachel

Rachel Hayden dirige Gifts of Remembrance, una organización sin fines de lucro que capacita a las parteras para que tomen fotos de bebés que han nacido muertos. Esta sección contiene una imagen de su hijo Rowan, quien nació muerto.

Rowan fue uno de mis trillizos, lo cual fue una sorpresa para mí teniendo 40 años y con dos niños ya. Pero lo interesante es que cuando descubrí que estaba embarazada, tenía una idea de él. Sentí que ya sabía quién era él.

Me hice una ecografía a las 31 semanas y descubrieron que su corazón no latía. Ese es un momento en el que estoy segura de que todos los padres de bebés que han nacido muertos se reflejan. Ese silencio en el monitor.

Recuerdo la forma en que la enfermera le habló y lo cargó. Me hizo sentir que podía hacer lo mismo.

"Apuesto a que tu mamá quiere darte un abrazo", le dijo.

Las fotos

Pero en ese momento no pensé en pedir participar en la creación de un recuerdo de él.

Se lo llevó, tomó las huellas de sus manos y pies, lo vistió, lo puso en su canasta y luego le tomó dos fotos.

Aunque estaba muy agradecida por lo que tenía, después conocí el trabajo de Todd Hochberg, un fotógrafo estadounidense increíble y me di cuenta de que pude haber tenido mucho más.

Lo que les digo a las parteras en la capacitación es que deben pensar en el futuro y guiar a los padres a través del proceso de recopilación de detalles y recuerdos y decirles: "Esto puede parecer demasiado ahora, pero será importante más adelante".

Muy poco del entrenamiento que ofrezco se enfoca en realidad en tomar fotografías, una gran parte de esto se trata de que las parteras les den poder a los padres, les digan lo correcto y les den tiempo.


Ruth

Ruth Rodgers solía trabajar en finanzas, pero se inspiró para formarse como partera después de la muerte fetal de su hija Scarlett.

Scarlett nació en noviembre de 2011 cuando tenía 31 semanas de embarazo. Me di cuenta de que ella no se estaba moviendo mucho, pero realmente no estaba tan preocupada, hice un día completo de trabajo antes de ir al hospital.

No pudieron encontrar el latido del corazón de manera inmediata.

Tuve esta partera increíble, Jane, con quien hablé por teléfono. Durante los dos días anteriores al parto, me dijo que no me preocupara por cosas como los arreglos del funeral y la autopsia, sino que pensara en cómo quería pasar tiempo con mi niña, ayudándome a concentrarme en las cosas más importantes en el momento adecuado.

También tuve una partera brillante durante el parto.

Recuerdo que me daba mucho miedo saber cómo me sentiría cuando viera a Scarlett. Y ella me dijo: "Sólo se verá como un bebé. Será un poco pequeña, su piel podría ser bastante delgada y probablemente no tenga los ojos abiertos, pero de lo contrario, se verá como tu bebé".

Eso era todo lo que necesitaba escuchar para seguir adelante, aunque, por supuesto, hubo momentos miserables.

Nació poco antes de las seis de la mañana, y recuerdo que pensé que era increíble que aún estuviera caliente y que necesitaba recordarla así porque no estaría así por mucho tiempo.

Una amistad inolvidable

Después tuve tres abortos naturales y Jane siempre estuvo ahí. Desarrollamos una amistad muy especial y creo que la idea de convertirme en partera empezó en ese lazo.

Fui muy afortunada y tuve dos niños hermosos. Uno antes de empezar mi formación de partera y el segundo cuando estaba en medio de la carrera.

En mi tercer año de estudios, pasé una larga temporada en una sala de partos.

Un día llegó una mujer que pensaba que estaba en proceso de parto, pero descubrió que su bebé había muerto.

Fue increíblemente satisfactorio cuidarla a ella y a su bebé, y ayudarla a pasar por todo eso.

Considero que rara vez es apropiado hablarle de tu propia experiencia a alguien más.

Si una mujer me pregunta específicamente si tuve un bebé muerto, le diré, pero nunca lo haré voluntariamente porque no quiero enfocar la atención en mí.

Pero sí sugiero cosas que me parecen útiles o que sé que otras personas hicieron. En los últimos años he conocido a muchas personas a través de grupos en internet que han lidiado con su dolor y con el proceso de tener un bebé muerto de manera muy diferente.

La forma que enfrentas una muerte fetal es increíblemente personal.


Megan

Megan Evans comenzó un vlog sobre bebés nacidos muertos solo semanas después de la muerte de su hijo Milo. Esta sección contiene fotos de él.

Antes de Milo pensaba que yo no era maternal. Tengo dos hermanos mayores que me hablaban del embarazo y de cuán doloroso era el parto, así que siempre dije que no tendría hijos.

Cuando la prueba de embarazo dio positivo, pensé que no se suponía que iba a tener hijos.

Como era muy joven y estaba petrificada, fui directamente a YouTube y escribí "19 y embarazada", pero no había mucho allí.

Al día siguiente le dije a mi mamá que iba a empezar a hablar sobre mi propia situación.

Apenas comencé a hacer esos videos, tuve mujeres que se comunicaban conmigo diciendo que se sentían igual.

Es curioso cómo tus instintos maternales simplemente se activan y no te lo imaginas de otra manera.

Un día me di cuenta de que no había sentido a Milo moverse en todo el día, y pensé que sería mejor que me chequearan por si acaso.

La partera comenzó a revisarme y no escuchó el latido de su corazón. Y el ecografista entró, así también lo hizo otra partera, una enfermera, un médico, un especialista. Era una cadena de personas de pie al final de mi cama y ahí fue cuando realmente me di cuenta de que algo andaba mal.

"Es simplemente perfecto"

Era como si me hubieran empujado a un mundo en el que no tenía la menor idea de cómo navegarlo.

Al día siguiente, pasé todo el día viendo a mi familia y descubrí que mi abuela había tenido un hijo que murió pocos días después de su nacimiento.

Le pregunté cómo iba a sobrevivir y me dijo: "Toma muchas fotos y aprovecha al máximo el tiempo que tienes con él".

Cuando fui al hospital para que el parto fuera inducido tenía mucho miedo de cómo se vería, así que le pedí a mi mamá que lo viera primero.

Me dijo: "Oh Dios mío, es simplemente perfecto" y me lo mostró.

Fue el momento en que me di cuenta de que era el bebé que llevé ocho meses. La muerte no cambia nada, esa fue la primera vez que iba a encontrarme con mi hijo.

Tres días después de salir del hospital comencé a pensar en mi vlog. La gente seguía comentando en mis videos anteriores que decían "Wow, yo también estoy embarazada".

Volví a buscar vlogs sobre la muerte fetal y nuevamente no encontré lo que estaba buscando.

No esperaba que tanta gente viera mis videos porque no me daba cuenta de lo común que es la muerte fetal.

Me ayudó contar su historia, pero también fue reconfortante ver a otras personas decir su nombre.

Si alguien que conoces experimenta una muerte fetal, no necesitas decir las cosas correctas. Sólo tiene que reconocer su dolor, asumir que no lo vas a entender y dejar que hablen y hablen hasta que hayan terminado.


Los padres con los que hablé están de acuerdo con que pareciera que el tabú y el silencio que rodea la muerte fetal están disminuyendo gradualmente, pero todavía hay muchas personas que simplemente nunca me han hablado de Willow, ni han pronunciado su nombre.

Sin embargo, he sentido el apoyo de tantas personas, especialmente de mujeres, muchas de las cuales nunca antes había visto.

Como periodista, me he especializado en historias de mujeres en todo el mundo durante muchos años, pero solo esto me ha hecho sentir una solidaridad invisible, un muro de historia, empatía, fuerza de las mujeres que me rodean.

El nacimiento de Willow me convirtió en mamá y a Tim en papá. Mis brazos ya no duelen como esas primeras horas, pero todavía están vacías. Soy una madre sin un bebé.

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