Como si fuese posible forzar una fractura en el espacio-tiempo o algo parecido, Black Sabbath lo consiguió bajo sus propios términos. Ni un retroceso en el reloj ni teorías físicas en proceso de investigación. Solo a costa de riffs lúgubres y sonidos fraguados desde una visión terrenal de cómo luce el infierno. Porque en 2013, los padres del heavy metal reconvirtieron su paso por Chile en un sahumerio musical para el Estadio Monumental y sus 50 mil asistentes; y 1142 días después, repitieron la hazaña en el Estadio Nacional, en su último concierto en tierra local, previo a su adiós definitivo de los escenarios.

Como parte de su gira de despedida “The End”, el conjunto nacido en Birmingham resume su vasto catálogo en 90 minutos de show y sin dar respiro. De entrada, las tres pantallas dispuestas en el centro y a los costados del escenario proyectan una serie de imágenes de un recinto abandonado en el que se mueve incesante un ángel diabólico, sirviendo como un medio de impacto que antecede al inminente caos sonoro.

A lo lejos se oyen unas campanas que aumentan en intensidad, mientras los truenos anuncian la llegada de la lluvia. También de Ozzy Osbourne (67 años), Geezer Butler (67) y Tony Iommi (68), que asesta esa primera secuencia desconcertante de "Black Sabbath" al tiempo en que se prende la primera bengala en el medio de la cancha.

El efecto es inmediato: los 60 mil fanáticos alzan las manos con dirección al escenario, hipnotizados por el descomunal sonido del cuarteto que completa el baterista estadounidense Tommy Clufetos. Complemento perfecto para la guitarra del ideólogo del sonido de Black Sabbath. Uno capaz de darle el cuerpo y la densidad del stoner rock a "Into the void" y "Snowblind".

Luego suenan las alarmas que alertan el inicio de "War pigs", canción de desarrollo endemoniado y sofocante, con las pantallas convirtiendo las formas de los músicos en cenizas y Ozzy pidiendo el aliento de la gente.

Porque el frontman de la banda se desdobla entre la solemnidad con que interpreta cada verso, y la energía que expulsa al hacer el headbanger, al moverse discretamente sobre el frente del escenario y al seguir el ritmo con las palmas. No hay forma de verlo caer.

Aunque los tres pilares de la banda desaparecen por cerca de diez minutos, dejándole el trabajo sucio a Clufetos, en un solo de batería frenético de siete secuencias, al menos, y diez minutos de duración. Allí, el estadounidense descubre todo su potencial, a la espera de que sus compañeros recobren las fuerzas para el final.

Y los gritos del público, pedidos por el batería, se funden con los de Ozzy que presenta "Iron man", con ese clásico riff decadente, que acelera de manera descarnada junto al fuego y las explosiones de las pantallas.

También aparecen las calaveras en las proyecciones y las luces verdes y moradas que hacen parecer todo como una película de terror en "Children of the grave", con Ozzy gritando "olé olé olé olé" y Iommi estremeciendo al estadio con su guitarra. Todo para servir el gran final con "Paranoid": la definición de un sonido.

El 4 de febrero en Birmingham, Black Sabbath actuará por última vez antes de convertirse en cenizas. Y en Chile, desde ahora, ya son historia.

Publicidad