Nacida en pleno Sacro Imperio Romano Germánico, como la hija número diez de su familia, Hildegard von Bingen estuvo desde su nacimiento en 1098 destinada a ser monja católica como diezmo a Dios. La mentalidad medieval de la época consagraba al menor de los hijos a la actividad religiosa como un tributo. Así comenzó su educación divina con una tutora hasta los 14 años, cuando ambas se enclaustraron en el monasterio de Disibodenberg.

Desde los 3 años comenzó a tener visiones (mientras estaba lúcida) que ella siempre atribuyó como divinas. Su educación cercana a lo religioso, centrada en el canto gregoriano, la lectura de la Sagrada Escritura y la recitación continua de los salmos, se confirmó cuando a los 15 años decidió ser monja bajo la regla benedictina.

En un monasterio dominado por hombres, Hildegard ya elegida como abadesa de sus pares mujeres, encabezó la salida de las monjas del monasterio en Disibodenberg, para fundar el primero de dos monasterios exclusivamente de monjas: Rupertsberg, en 1150 y en Eibingen, en 1165.

La gracia divina que la hizo comenzar con su faceta de escritora le llegó a los 42 años. Una epifanía le dijo que tenía que escribir todo lo que sus ojos y oídos alcanzaran. Su primer libro, Scivias, logró el apoyo canónico para su actividad literaria, lo que la mantuvo conectada durante el resto de su vida con personalidades de la época, tanto políticas como eclesiásticas.

Su producción literaria abarca textos teológicos, botánicos y medicinales. Se le considera una de las escritoras con mayor producción en la Baja Edad Media, donde destaca sus obras visionarias que usan alegorías con símbolos poco comunes de la época para temáticas éticas-religiosas. Además, fue una de las primeras personas en hablar desde el punto de vista femenino sobre el orgasmo, sin pudores de ningún tipo para el siglo XII.

Además fue autora de un extenso repertorio musical del que se conservan 70 obras con letra y música, himnos, antífonas y responsorios, compilados en Symphonia armoniae celestium revelationum, (Sinfonía de la Armonía de Revelaciones Divinas).

Fue la única y primera mujer a la que la Iglesia le permitió salir del monasterio a predicar en diferentes pueblos del imperio. Su prestigio entre sus contemporáneos llegó a tal extremo que fue conocida en su época bajo el apelativo de “La Sibila del Rin”. Tal fue su fama de profetisa que el emperador Federico Barbarroja, tras una entrevista, le concedió un edicto de protección imperial a perpetuidad al monasterio de Rupertsberg. Hoy es considerada Santa para la Iglesia Católica.

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