¿Por qué los niños que crecen en el campo tienen menos alergias?
Francesco Buttitta/Westend61/IMAGO
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Desde hace décadas, los investigadores observan un fenómeno: los niños que crecen en granjas en el campo desarrollan con menor frecuencia asma, fiebre del heno y dermatitis atópica que otros niños. Este denominado "efecto granja" ha sido descrito en numerosos estudios. Pero, ¿cómo se produce?
Una posible explicación es el contacto intenso con un entorno microbiano diverso, como el de los establos de vacas. Sin embargo, durante mucho tiempo no estuvo claro qué microorganismos desempeñan realmente un papel y cómo influyen en el sistema inmunitario.
Ahora, un equipo internacional de investigadores encabezado por el epidemiólogo Markus Ege, del Hospital Universitario de la LMU de Múnich, identificó por primera vez bacterias concretas y sus productos metabólicos, que podrían explicar gran parte de este efecto protector.
Qué hay detrás del llamado "efecto granja"
Durante mucho tiempo, el efecto granja se explicó mediante la hipótesis de la higiene. Surgida en 1989, sostiene, de manera simplificada, que el sistema inmunitario se desarrolla peor cuando los niños entran en contacto con muy pocos microorganismos durante sus primeros años de vida.
"Las niñas y los niños que han crecido en granjas y están expuestos a una gran diversidad de microbios tienen este problema con mucha menor frecuencia", afirma Markus Ege. Su sistema inmunitario está expuesto constantemente a "compañeros de entrenamiento" bacterianos presentes en el aire de los establos y aprende así a evitar reacciones inflamatorias excesivas.

Hoy, sin embargo, los investigadores consideran la hipótesis de la higiene de manera más matizada. El alergólogo chileno Arturo Borzutzky señala, por ejemplo, que muchas personas en ciudades de América Latina están expuestas a numerosas bacterias y, aun así, desarrollan asma con frecuencia.
"La forma más simple de la hipótesis no puede explicar esto", escribe en respuesta a una consulta de DW. El nuevo estudio de Ege respaldaría, en cambio, una explicación más precisa: "Son determinadas señales microbianas las que protegen frente a las alergias, y no la exposición en general", sostiene Borzutzky.
Es decir, más que la mayor cantidad posible de gérmenes, parecen ser determinados microorganismos los decisivos para este efecto protector.
Nueve bacterias, y no simplemente "más naturaleza"
Para el estudio, el equipo internacional encabezado por Markus Ege analizó muestras y datos de salud de más de 1.000 niños procedentes de estudios europeos. Entre otras cosas, se examinaron muestras nasales y de polvo de viviendas y establos de vacas.
Mediante modernos análisis genéticos y metabólicos, los investigadores lograron identificar nueve bacterias especialmente vinculadas con la protección frente al asma y las enfermedades alérgicas. Según sus cálculos, estas bacterias explican alrededor de dos tercios del efecto protector frente al asma y cerca de la mitad del observado en la fiebre del heno y la dermatitis atópica.
El asma, la fiebre del heno y la dermatitis atópica conforman la denominada tríada atópica: tres enfermedades alérgicas estrechamente relacionadas.
Pero las bacterias en sí mismas son solo una parte de la historia. Al parecer, lo decisivo son los productos metabólicos que generan.
En su estudio, los investigadores describen por primera vez una posible cadena de acción: las bacterias del intestino de las vacas producen sustancias metabólicas que pasan al aire y al polvo de los establos. Los niños inhalan estas sustancias, lo que activa determinados receptores en las vías respiratorias. Como consecuencia, se atenúan las reacciones inflamatorias y disminuye el riesgo de alergias.

Todo comienza en la infancia, e incluso antes
Pero ¿cuándo es especialmente importante este contacto? El estudio actual se realizó con niños en edad escolar. "Por lo tanto, el efecto se produce con seguridad en los primeros años de vida", escribe Ege en respuesta a una consulta de DW.
Investigaciones anteriores muestran, además, que esta influencia podría comenzar incluso antes del nacimiento. La permanencia habitual de mujeres embarazadas en entornos con establos puede influir en el sistema inmunitario del feto.
Tras el nacimiento se suceden otras etapas sensibles. Cuando la denominada protección pasiva proporcionada por los anticuerpos maternos disminuye, aproximadamente a los seis meses, aumentan las infecciones respiratorias, explica Ege. Más adelante, la asistencia a guarderías y jardines de infancia suma nuevos contactos con agentes patógenos. Todo ello contribuye a moldear el sistema inmunitario.
