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El recuerdo de un arquitecto clave en la construcción del mítico Estadio Azteca de México

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Archivo Pedro Ramírez Vázquez
A 50 años de su inauguración, dos personas presentes ese día, el hijo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y el encargado de la obra hablaron con BBC Mundo sobre la historia y la vigencia de un monumento del fútbol mundial.

"Entré recién titulado al despacho de Ramírez Vázquez y me encontré con que teníamos un pequeño proyecto para hacer un estadio para 100.000 gentes", dice entre risas.

Luis Martínez del Campo tenía 26 años cuando ingresó a trabajar con uno de los más prolíficos y eminentes arquitectos mexicanos.

Allí en los talleres del despacho trabajaban decenas de arquitectos. Era 1962.

Algunos de ellos estaban dedicados al proyecto del Museo Nacional de Antropología y a Martínez del Campo le recayó al responsabilidad de ser el encargado de la obra del Estadio Azteca.

Luis Martínez del Campo, lápiz en mano, trabaja en uno de los planos del estadio.
 

México quería albergar el Mundial en 1970 y para ello necesitaba un estadio a la altura de las circunstancias.

La consigna de quienes lo diseñaron, los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca, era sencilla: construir el mejor estadio del mundo.

La inauguración

El 29 de mayo de 1966 se disputó el primer partido.

Javier Ramírez Campuzano, hijo del arquitecto, tuvo que representar a su padre quien quedó varado en Madrid.

La construcción del estadio comenzó en 1962.

Tenía 9 años y no olvida la "incomodidad" de vestirse de traje a esa edad para ver un partido de fútbol.

"A esa edad no dimensionas la magnitud de la importancia de una inauguración, de un evento de esos, lo que quieres es ver el fútbol. Pero no dejas de impresionarte, ver eso lleno", le dice a BBC Mundo.

Martínez del Campo también recuerda una previa muy especial.

Luis Martínez del Campo fue el arquitecto responsable de la obra y Javier Ramírez es el hijo de quien diseñó el estadio.

Hacía calor, la venta de cerveza estaba prohibida y los refrescos estaban agotados. Y el presidente Gustavo Díaz Ordaz, que iba a dar el puntapié inicial, llegó con más de una hora de retraso.

"La gente aullaba en las tribunas", comenta Martínez del Campo a BBC Mundo.

"La rechifla de las tribunas cuando entramos a la cancha fue terrible, impresionante, fue un momento difícil, triste".

Para evitar mayores incomodidades se apresuraron a tocar el himno nacional y cuando no terminaban de sonar las últimas estrofas el balón ya estaba en el centro del campo.

Y vino un momento mágico:

"El rugido de 100.000 gargantas simultáneamente con la patada inaugural fue impresionante, una experiencia extraordinaria, imponente sentir a 100.000 gritando al mismo tiempo, la euforia (...) lo recuerdo porque fue exactamente lo que le dio vida al estadio, ese grito le infundió el alma, ahí nació el Estadio Azteca y sigue siendo un ícono a nivel nacional, todos lo sentimos nuestro".

El primer juego en el Azteca, un amistoso entre el América y el Torino de Italia que terminó empatado a dos, estaba en marcha.

El resto sería historia. Literal.

Maradona se eleva, estira el brazo y crea La mano de Dios.

Escenario de dos Mundiales, en 1970 vio una clase de fútbol a cargo de Pelé y compañía y en 1986 fue Maradona el que dejó su sello con "la mano de Dios" y El gol del siglo.

Juan Pablo II dio misa, Chespirito fue homenajeado tras su muerte, 130.000 personas vieron pelear a Julio César Chávez y medio millón escuchó a Michael Jackson en cinco conciertos.

"No te daba mucho tiempo de pensar"

"No te daba mucho tiempo de pensar. Eran jornadas de trabajo interminables", señala Martínez del Campo sobre tal desafío a tan corta edad.

"Sabíamos la importancia de la misión", agrega, "sentíamos inconscientemente la magnitud de lo que estábamos proyectando".

El papa Juan Pablo II dio misa en el estadio en su visita de 1999.

Habla animada y apasionadamente y recuerda en detalle lo ocurrido hace 50 años y más cuando en los cuatro años que duró su construcción el Azteca fue su hogar.

Cuenta cómo a las semanas de asumir su rol, fue a conocer el terreno en el sur de Ciudad de México y se encontró una muralla de 12 de metros de altura de roca basáltica, resultado de la erupción del volcán Xitle 1.600 años atrás.

Hubo que volar 180.000 toneladas de roca con dinamita. Y eso apenas fue el primer paso.

Luego 800 operadores, 34 ingenieros, 17 técnicos y 10 arquitectos se encargaron del resto, una obra que tras medio siglo de vida sigue vigente.

"El mejor del mundo": así promocionaban al estadio durante su construcción.

La clave para ello, dice el también arquitecto Ramírez, es que "funciona para el aforo para que el fue proyectado, para la función para la que fue concebida, porque tienes una acceso rápido, tienes un desalojo rápido de todo el estadio en 18 minutos, tienes una isóptica buenísima".

Para su padre, comenta, siempre fue una obra muy especial. Futbolero y amante de su ciudad, construir el estadio al que iba a poder asistir con regularidad tenía un valor añadido.

Y al principio lo hacía a menudo "porque sentía la responsabilidad de que funcionen, a ver cómo lo cuidaban (...). Iba con ojo autocrítico y decía: 'Esto lo debía haber hecho así o así'", cuenta.

El Azteca ha acogido dos finales de Mundiales.

Martínez del Campo destaca el principal atributo del estadio.

"Es perfecta la visibilidad de cualquier punto y desde cualquier ángulo de los espectadores a la cancha. No hay un solo estorbo, un solo poste, un obstáculo", afirma.

"El punto más importante que lo hace emblemático es que la gente, en la cual me incluyo, lo sentimos nuestro", añade. "Tiene 50 años y su función sigue siendo vigente".