Es como si en Buenos Aires hubiera una máquina del tiempo en cada esquina.

Acá uno se encuentra ferreterías, farmacias, librerías, bodegones, charcuterías o alquileres de video que parecen sacados de otra era.

Son lugares donde un viejo porteño de maneras y gestos europeos atiende sin la ayuda de una computadora o un teléfono celular.

A veces los establecimientos mantienen la gala de su origen. Pero otros son espacios polvorientos, oxidados, oscuros. Y no por eso lúgubres.

Así es por ejemplo la bulonera donde tuve que llegar para conseguir el tornillo que le faltaba a la bicicleta usada que compré cuando llegué: un cuchitril lleno de cajitas en el que un veterano de manos hinchadas consiguió del fondo de una estantería la tuerca precisa.

En otro país ese tornillo lo habría conseguido en una enorme tienda de departamento, pero en Argentina, si bien existen las grandes cadenas multinacionales, estas joyas del pasado se mantienen pese a los vaivenes de la historia.

Las razones son varias: largas etapas de políticas económicas proteccionistas, la nostalgia del inmigrante y una vida barrial arraigada.

"Estos lugares mantienen vivas nuestras identidades", le dice a BBC Mundo Carolina Huffmann, arquitecta y miembro de Urbanismo Vivo, un grupo que trabaja temas urbanos, participación ciudadana y organiza caminatas por la ciudad.

"Son identidades que tienen que ver con la forma como los porteños damos valor a las cosas y a la historia a través de la experiencia con una lógica comercial, de alguna manera mágica, en la que se busca la calidez humana y el buen trato personal", asegura.

Aunque lugares como éstos hay por decenas en la capital argentina, sobre todo en el cada vez más turístico barrio de San Telmo, presentamos estos cuatro que me parecieron distintivos, encantadores y no del todo conocidos.

1. Café Flor de Barracas (1906)

La heladera de este café en el barrio de Barracas, en el sur de la ciudad, debe pesar una tonelada; toda cubierta en madera, tiene seis puertas y fue comprada en los años 40, aunque es de principios de siglo.

A su lado se lee una frase escrita por uno de los dueños: "La patria se hizo a caballo, pero la historia se escribió en cafés".

A comienzos del siglo XX, cuando Argentina contaba con una de las economías más solventes del mundo, Barracas era el barrio industrial de trabajadores al que llegaban los inmigrantes.

A metros del puerto, abundaban las curtiembres, fábricas y galpones.

Flor de Barracas, un café de techos altos y piso de cuadros, tenía una pensión en el segundo piso y un colegio al frente.

"Para los porteños, que somos ante todo inmigrantes, sentarse a tomar café es un rito que va más allá del placer, porque conecta con esa melancolía con la que vemos la vida", dice Lucio Cantini, artista y uno de los dueños.

La familia Cantini, originaria del pueblo de Sueglio, en el norte de Italia, compró el establecimiento para revivir su pasado. Presentan películas, charlas, tango y cocinan platos italianos.

Y planean hacer un viaje a Sueglio en los próximos meses.

"Cuando tienes cierto recorrido en la vida, hay un momento que necesitas dignificar tu presente y eso lo haces a través de tu historia", explica Cantini.

"Es una forma de encontrar la respuesta sobre quién y qué eres".

2. Paragüería Víctor (1957)

Esta es una historia de oficios: oficios que por la automatización de la mano de obra están en vías de extinción.

Esta transición ?un fenómeno global? ha sido tortuosa y lenta en Argentina, debido a la fuerte tradición de mano de obra inmigrante y a que desde los años 50 hubo varios gobiernos que cerraron las importaciones en busca de proteger al trabajador local.

Por eso Elías Fernández, un reparador de paraguas que mantiene su acento gallego como si no hubiera llegado en 1949, recuerda los años 90 con desdén: durante los gobiernos de Carlos Menem, llegaron las importaciones en masa, y con eso los paraguas chinos que casi erradicaron el mercado al que él le apunta; uno donde hay gente que compra una sombrilla por más de US$1.000.

En el sótano de la paragüería, Elías repara sombrillas con repuestos que se dejaron de importar hace décadas.

Llegó a los 18 años huyendo del servicio militar en tiempos del régimen de Francisco Franco. Primero trabajó en una empresa de papel higiénico y luego se dedicó a la venta ambulante de sombrillas; hasta que heredó el local de sus tíos que hoy maneja su hijo Víctor.

Con 87 años, Elías teme que nadie lo remplace cuando muera.

"El paraguas dejó de ser un accesorio de vestir (?). Paraguas siempre va a haber mientras siga lloviendo, pero ya no se van a confeccionar porque el mundo ha sido tomando por los chinos", concluye.

3. Mercería Yoli (1940)

Quizá otra institución de Buenos Aires sean las mujeres de más de 70 años ?teñidas de rubio, bajas de estatura y voz aguda? que caminan por las calles con sus changuitos (carrito de compras).

Y uno de los lugares en los que puede parar esa viejita que deambula por las calles es la mercería, donde encuentra botones, hilos y parches para arreglar la ropa.

"No lo podés creer", me dice Jorge Abelleira, el dueño de 74 años de Mercería Yoli, una pequeña tienda de accesorios textiles en el barrio Almagro.

"Se quedan dos horas escogiendo un botón", se queja. "Y como un botón hoy día vale 20 pesos (menos de US$1), el negocio es cada vez menos rentable porque los clientes son todos viejos o modistas".

En la mercería venden botones de cualquier color, forma o textura y algunos pueden haber sido producidos hace 40 años. La vitrina está decorada con sombreros, binchas o corbatines que parecen sacados del depósito de la abuela.

"Cada vez tenemos menos proveedores y menos clientes, porque a los jóvenes no les gusta el trabajo manual y la gente prefiere tirar la ropa y comprar algo nuevo que arreglar algo viejo", dice Abelleira.

"Ahora que estamos en crisis (económica) se venden mucho los parches, porque la gente se abstiene de comprar nuevo (?) Pero en general somos un negocio en extinción", concluye este melancólico porteño.

4. Calzados Correa (1955)

Que nadie se olvide que los argentinos son, sobre todo, italianos. Y que nadie omita el hecho de que su economía fue, hace unos 100 años, la séptima más grande del mundo.

Hoy en día, pese a que el país dejó de ser parte de la elite económica mundial, la galanura del pasado se mantiene en barrios como Recoleta, en hoteles como el Alvear y en la vestimenta de algunos porteños vistosos.

Calzados Correa ?donde los precios de los zapatos oscilan entre US$200 y US$500? es una postal de esa majería de la ciudad. Acá se usa el cuero más fino, se cose con la mejor máquina y los zapatos son hechos a medida.

La estética es inglesa, pero el método italiano. Acá compran presidentes, se dice.

Aunque el local ?decorado con un venado disecado y fotos de antaño? es pequeño, detrás están los enormes y oscuros cuartos donde 14 empleados cosen, confeccionan y cortan los materiales de los zapatos.

"Nosotros no hacemos zapatos lindos: hacemos zapatos complicados", dice Héctor Pelizoli, uno de los trabajadores, suegro del dueño y poseedor del verbo y la gesticulación típicos del argentino. O del italiano.

El hijo del dueño, Félix Correa, también es parte del equipo de confección y cuenta que, para él, "en los últimos 15 años ha habido una pérdida cultural, desde lo que es una buena alimentación a un buen libro".

Sin embargo, como pasa en el mercado de los vinilos o de libros, este negocio se mantiene vivo gracias a una pequeña elite, a un nicho.

"Hoy gente ya no se interioriza en cuestiones culturales, pero nuestros clientes no entran en eso, sino que están preocupados por una cultura de producción de máxima calidad que además reviva sus raíces", concluye.

En un país de inmigrantes, revivir las raíces es parte de la rutina. Por eso Buenos Aires tiene una máquina del tiempo en cada esquina.

Publicidad