¿Cómo un hombre que asumió la presidencia ofreciendo una nueva era de compromiso con el mundo terminó siendo un espectador de la catástrofe humanitaria más grande en lo que va de este siglo?

El presidente saliente de Estados Unidos, Barack Obama, no estaba en contra del uso de la fuerza para proteger civiles.

Sin embargo, hasta el final se resistió a una intervención militar para detener la guerra civil en Siria, que ya suma casi seis años, que ha causado la muerte o el desplazamiento de la mitad de la población del país y cuya brutalidad ha sido documentada en tiempo real a través de las redes sociales.

Parte de la respuesta a esta indignante pregunta ha estado clara desde el principio: Obama fue electo para poner fin a las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán por ciudadanos que estaban cansados de pagar su costo con sangre e impuestos.

Por ello, él era extremadamente reticente a dejarse implicar en otro desastroso conflicto en Oriente Medio.

Sin embargo, cuando el asedio y el bombardeo de ciudades como Alepo llevaron la violencia al nivel de atrocidades genocidas como las ocurridas en Ruanda y Srebrenica, la inacción por parte de Estados Unidos y sus aliados fue una burla del compromiso reiterado de la comunidad de internacional de que este tipo de tragedias no se repetirían "nunca más".

Pese al acuciante imperativo moral para actuar, Obama permaneció convencido de que una intervención militar sería un fracaso costoso.

Él creía que no había forma de que EE.UU. podría ayudar a ganar la guerra y mantener la paz sin comprometerse al envío de decenas de miles de soldados.

El campo de batalla era muy complejo: estaba fragmentado en decenas de grupos armados que contaban con el apoyo de potencias regionales e internacionales enfrentadas.

"Iba a ser imposible hacer esto con un costo bajo", dijo en su última rueda de prensa de 2016.

   
Un niño empuja una silla de ruedas por una calle destrozada de Alepo.

Una opción militar

Pero esa no era la conclusión de algunos altos mandos militares y de algunos miembros de su gabinete, quienes tampoco proponían un despliegue masivo de soldados, según el exsecretario de Defensa Chuck Hagel.

Ellos pensaban que una participación más limitada podía haber cambiado el equilibrio de poder de forma efectiva en contra del presidente de Siria, Bashar al Asad.

Entre las opciones se incluían: armar a los rebeldes opuestos a al Asad y establecer una zona segura donde ellos pudieran haber operado durante las primeras etapas del conflicto o realizar ataques militares sobre la Fuerza Aérea de Siria para llevarlo a la mesa de negociaciones.

En su lugar, el gobierno de Obama se concentró en enviar ayuda humanitaria y en promover un cese el fuego, así como negociaciones políticas tendentes a la salida del presidente sirio del poder.

"No hay una solución militar" se convirtió en el mantra en las reuniones con la prensa de los responsables de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, cuyos portavoces, sin embargo, no eran capaces de explicar cómo era posible una solución política sin contar con una apalancamiento militar.

"Para que haya alguna esperanza de un acuerdo política, se necesita un cierto contexto militar y de seguridad. Nosotros y nuestros socios necesitamos facilitar eso y no lo hemos hecho", dijo el año pasado a un comité del Senado el exdirector de la CIA, David Petraeus.

   
Algunos miembros del gobierno sí creían que era conveniente una intervención limitada en Siria.

La cautela de Obama fue reforzada por la falta de apoyo a una intervención militar por parte de aliados clave como Reino Unido y Alemania. Eso influenció su decisión de alejarse de su famosa "línea roja", la amenaza que había hecho de responder con la fuerza al uso de armas químicas por parte del gobierno de al Asad.

También era parte de un pesimismo mayor acerca de lo que podía conseguir la política de Estados Unidos en Oriente Medio, condenada por una intervención de la OTAN en Libia que fue cuidadosamente planeada, pero que dejó a ese país sumergido en el caos.

"Los intervencionistas liberales parecen haber olvidado de que ya no estamos en la década de 1990", escribieron en octubre pasado Steven Simon y Jonathan Stevenson, dos exfuncionarios del equipo de seguridad nacional de Obama

"Incursiones desastrosas en Irak y Libia han debilitado cualquier deseo estadounidense de colocar los valores por delante de los intereses", agregaron.

De hecho, para entender completamente la reticencia de Obama es importante comprender que pese a sus instintos liberales y a su creciente retórica acerca de un orden global pacífico, él era un realista en temas de política exterior con un agudo sentido de los límites del poder estadounidense.

Una puerta abierta

Aunque hizo campaña para restablecer la autoridad moral de Estados Unidos tras el desastre de la guerra de Irak, Obama rechazaba lo que venía como el intervencionismo moralizante de su antecesor, el presidente George W. Bush.

En lugar de ello, puso énfasis en una diplomacia mesurada y en un multilateralismo progresivo.

Eso incluyó su voluntad de relacionarse con regímenes opresivos, en lugar de encasillarlos en "el eje del mal", dándoles "la opción de una puerta abierta", como dijo al Comité del Premio Nobel de la Paz, cuando aceptó ese reconocimiento al final de su primer año de gobierno.

Por encima de todo, él no estaba dispuesto a prevenir tragedias humanitarias gastando vidas de estadounidenses y poder militar a menos que viera una amenaza de seguridad directa para Estados Unidos.

   
El gobierno de Cuba supo aprovechar la "puerta abierta" de Obama.

El acuerdo nuclear con Irán es el mejor ejemplo de esa doctrina.

Obama fue capaz de usar la diplomacia para forzar un asunto en torno al cual había un alto grado de consenso internacional. Él recolectó amplio apoyo para aplicar duras sanciones y luego extendió su mano a uno de los adversarios más antiguos de Estados Unidos en Oriente Medio y negoció un acuerdo realizable: una que limitaba una amenaza en lugar de transformar una relación.

Cuba también atravesó esa "puerta abierta", impulsada por una crisis económica interna y atraída por un clima político menos hostil en Estados Unidos, del mismo modo que lo hizo la junta militar en Birmania.

Damasco no lo hizo y Obama decidió no intentar forzarlo.

Los gobiernos estadounidenses han tendido a cerrar la brecha entre los valores y los intereses cuando la elección moral también es estratégica. Pero Obama calculó pronto que la guerra civil en Siria no implicaba un riesgo directo para la seguridad nacional de EE.UU.

En lugar de ello, enfocó el uso de la fuerza militar en contra del autodenominado Estado Islámico (EI), al que al final llegó a ver como una amenaza contra su país.

Una vez más, Obama fue capaz de organizar una coalición internacional que ha tenido un éxito considerable en alcanzar un objetivo limitado.

Contradicciones

Dividir la política sobre Siria en dos significó, sin embargo, incurrir en contradicciones inevitables.

La Casa Blanca afirmaba que la única vía para detener la expansión de EI era poner fin al mandato y a la brutalidad del régimen de al Asad. Sin embargo, la no participación de Estados Unidos en el conflicto interno sirvió para fortalecer al mandatario sirio.

Obama aprobó a regañadientes algunas operaciones militares encubiertas para ayudar a los rebeldes sirios moderados con el fin de debilitar el poder de los milicianos islamistas. Pero eso no fue suficiente para convertirles en una fuerza capaz de derrotar a al Asad.

Así, el vacío fue llenado por grupos islamistas mejor armados que, a su vez, alimentaron la narrativa del régimen sobre la necesidad de que el mundo eligiera entre él o los terroristas.

   
Estados Unidos no ofreció un apoyo decisivo a los rebeldes que se enfrentan al gobierno de Bashar al Asad.

La presencia de rebeldes islamistas, junto al momento alcanzado en la campaña contra EI, también comenzó a teñir la forma como el gobierno estadounidense veía al régimen de Damasco, según un funcionario estadounidense que trabajó de cerca sobre estos temas.

"Todo fue hecho usando la visión de la lucha contraterrorista. Este es un montón de personas que querían que Asad se quedara porque tenían pánico de que políticos islamistas tomaran el poder", explicó.

Obama argumentaba que los aliados de Asad, Rusia e Irán, tenían más en juego en Siria que Estados Unidos y que estarían preparados para luchar más fuerte para defenderlo. Por ello, cualquier intervención estadounidense solo haría escalar el conflicto. Ese fue el mismo cálculo que hizo en el caso de Ucrania.

Rusia entró en la guerra en Siria para revertir los avances de los rebeldes en 2015 y le dio la vuelta al conflicto. Sus armas de combate antiaéreo cerraron la puerta a incluso la remota posibilidad de una intervención estadounidense.

Su Fuerza Aérea consolidó el control de Asad sobre las ciudades del país, terminando con la victoria militar sobre Alepo y dándole una mayor influencia a Moscú en Oriente Medio, al mismo tiempo que Estados Unidos quedaba a un lado.

En el establishment estadounidense sobre temas de política exterior, muchos creen que Obama se equivocó al definir los intereses de Estados Unidos de una forma demasiado estrecha en el caso de Siria.

"Siria explotó de manera estratégica. Le dio más poder a Rusia e Irán, generó a EI, fortaleció a Al Qaeda y creó una crisis de refugiados que se convirtió en una amenaza estratégica para Europa", dijo Vali Nasr, quien escribió un libro en el que argumenta que las políticas de Obama disminuyeron el rol de liderazgo de Estados Unidos en el mundo.

   
Para algunos críticos, las negociaciones de Estados Unidos con Rusia sobre la paz en Siria ayudaron a los objetivos de Moscú.

Los críticos de Obama también le culpan por un estilo de liderazgo analítico y desconectado que no es apropiado para la competencia geopolítica.

"Él no era bueno para las políticas arriesgadas, esa no era su inclinación", dijo Ian Bremmer, presidente de la consultora de riesgos Eurasia Group.

"Siempre pensé que (George W.) Bush era un líder al que no le gustaba pensar y que Obama era un pensador al que no le gustaba liderar", agregó.

Liderazgo

Pero Obama asumió el liderazgo en el combate de lo que considera como una de las mayores amenazas: el cambio climático.

Tampoco dudó en autorizar unilateralmente el uso de la fuerza cuando sintió que la seguridad estadounidense estaba en juego, como demuestra el recurrente uso de ataques con drones en contra de supuestos terroristas.

Pero, en Siria su gobierno dejó una percepción de debilidad.

El haber retrocedido tras haber marcado su línea roja sobre el uso de armas químicas en Siria dañó la credibilidad de Estados Unidos, sacudiendo la confianza de sus aliados y, según argumentan algunos, envalentonando a sus adversarios.

   
Bashar al Asad resultó favorecido por la decisión de Estados Unidos de no implicarse en la guerra en Siria.

Desde ese punto de vista, se espera que la política exterior de "Estados Unidos primero" de Trump sea una continuidad de la aplicada por Obama.

Aunque sería una versión despojada del apego de Obama a las leyes e instituciones internacionales o de su compromiso moral con los derechos universales, según afirma Max Boot, investigador del Consejo de Relaciones Exteriores.

La historia podría juzgar positivamente a Obama por lo que hizo en relación con Irán, Cuba y el cambio climático. Pero la prueba más importante de su filosofía de política exterior será Siria porque ha sido donde se ha ensayado el tipo de realismo en el que cree.

Él afirma que salvó a Estados Unidos de quedar atrapado en otra desastrosa guerra de Medio Oriente que habría debilitado el poder de Estados Unidos.

Sus críticos le acusan de haber disminuido el poder de EE.UU. en esa región determinante y de haber debilitado el liderazgo global estadounidense al hacerlo.

El factor que dará forma a su legado será el mismo que pondrá a prueba a Trump: el grado hasta el cual logra mantener o reducir el papel de Estados Unidos en el mundo.

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