En un campo de olivos en las afueras de su pueblo en Cisjordania, Dalal Sawalmeh agita suavemente las ramas de los árboles para la cosecha anual, pero no oye el ruido habitual de las aceitunas que caen al suelo. 

Este año, los árboles "dieron sólo el 50 o inclusive el 40% de su capacidad", explica la palestina, de 38 años, agregando que algunos olivos no dieron ningún fruto.

Los oleicultores israelíes y palestinos afirman que lo que era un ciclo de producción inmutable -un año de cosecha floreciente seguido de un año más magro- se ve perturbado desde hace aproximadamente una década por el cambio climático.

El invierno pasado en Israel y en los territorios palestinos fue particularmente caluroso y seco, mientras que la primavera estuvo marcada por una ola de frío y lluvias.

"Los cambios son realmente evidentes", asegura Hazem Yassin, alcalde de Asira Al Shamaliya, pueblo cerca de Naplusa, en el norte de Cisjordania, donde se cultivan olivos desde hace al menos 500 años.

Si bien los israelíes y los palestinos advierten perturbaciones y coinciden en la necesidad de adaptarse, su enfoque difiere. 

Súper varidad 

En un campo en el que se divisan a lo lejos los rascacielos de Tel Aviv, Giora Ben Ari, científica del centro de investigación agrícola Volcani, prueba la resistencia al calor de 120 variedades de olivos procedentes de todo el mundo. 

Una de ellas, la variedad Barnea -originaria de Israel-, garantiza buenas cosechas incluso después de veranos calurosos, mientras que la Suri, del Líbano, conserva una calidad de aceitunas ejemplar pero en cantidad limitada.

"Todavía no hemos identificado ningúna +súper variedad+ que sea resistente en todos los aspectos", lamenta Ben Ari, cuyo instituto se financia con fondos públicos.

"Otros árboles frutales son mucho más sensibles a las altas temperaturas" que los olivos, señala. Pero estos últimos "se plantan generalmente en tierras ingratas y se desarrollan en condiciones que no son ideales. Cada cambio afecta su rendimiento", precisa.

Para contrarrestar la sequía, los oleicultores israelíes irrigan sus olivos, a menudo por goteo. 

Según Ben Ari, alrededor de una cuarta parte de las 33.000 hectáreas de plantaciones de olivos se abastecen de agua.

 Agua, producto de lujo 

Pero en el lado palestino, donde los agricultores a veces dependen de la cosecha de olivos para satisfacer las necesidades de sus familias, el riego es a menudo un lujo. 

Según Fares Gabi, especialista en oleicultura y jubilado del ministerio de Agricultura palestino, sólo 5% de las 88.000 hectáreas de olivos cultivados por palestinos en Cisjordania y la Franja de Gaza están irrigadas.

Acusa al ejército israelí, que ocupa Cisjordania desde 1967, y "amenaza" tierras agrícolas, porque el Estado hebreo restringe la extracción de agua para los agricultores palestinos, haciendo subir los precios. 

En Asira Al Shamaliya, una quinta parte de las tierras se encuentran en la "zona C", donde Israel ejerce un control total y donde el ejército estableció una base.

Los agricultores palestinos también se enfrentan a la violencia de los colonos israelíes que destruyen sus olivos. Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, entre agosto de 2020 y agosto de 2021 se talaron 9.300 árboles. 

Abdel Salam Sholi, un oleicultor de la aldea, podó algunos de sus olivos -corriendo el riesgo de perder una parte del rendimiento- porque no tiene los medios para regarlos todos.

Un colega, Mohamed Amer Hamudi, de 67 años, decidió continuar regando a pesar del costo. Este palestino recibió durante un tiempo ayuda del gobierno estadounidense para regar sus campos, pero fue suspendida por la administración del expresidente Donald Trump.

El agua le cuesta 10 shekels por metro cúbico (3,20 dólares), es decir al menos seis veces más que a un agricultor israelí. El transporte de agua a sus tierras cuesta 15 shekels (4,75 dólares) por metro cúbico adicional, explica.

"El agua es muy cara, pero este sistema permite que se desarrollen nuevas ramas", afirma, apostando por un nuevo depósito de agua de lluvia que le permitirá reducir los costes.

El verano pasado, Dalal Sawalmeh también roció 30 de sus 150 árboles con barriles ligeramente perforados en el fondo, que permiten que el agua fluya suavemente al pie de los olivos. Una técnica que asegura un rendimiento superior, pero no suficiente para poder contratar trabajadores para la cosecha.

"No quiero pagar para que me ayuden", señala la oleicultora, que se apoya en la ayuda de su marido y sus hijos. "Estamos tratando de ahorrar lo más que podemos".

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