Volar solo a través del Océano Atlántico en un avión diminuto, de un solo motor y a baja altitud, a veces en condiciones meteorológicas extremas, no es apto para cobardes. Las cosas pueden ir mal.

La industria del transporte de aviones está formada por un grupo de aviadores, algunos de los cuales han realizado cientos, miles de vuelos, llevando aviones recién comprados o reparados hasta destinos remotos.

Mi padre era uno de estos pilotos. Cuando era niña, mi vida estaba dominada por la aviación: las vacaciones escolares eran para volar y para los aviones.

Mis primeros recuerdos son de mí misma colocando mis muñecos y juguetes en la cabina de un pequeño avión Cessna.

Mientras mi padre acumulaba horas de vuelo, hacíamos viajes a Francia, con mi pequeña bicicleta en la parte de atrás del avión.

Mi premio por aguantar el vuelo, que a veces era bastante movido, sin protestar, era un paseo en bicicleta por las playas de Le Touquet.

Más tarde, cuando era adolescente, me encantaba escuchar historias de estas aventuras de vuelo.

Pero sabía que estas historias fascinantes de vuelos atravesando países en guerra o en condiciones árticas a través del Atlántico eran censuradas para protegerme y para que no me preocupase por la seguridad de mi padre.

En 1999, mi padre murió cuando el avión en que viajaba se estrelló contra las montañas en Canadá.

Un sector poco conocido

Tras su muerte, no tuve mucha más relación con la aviación o los aviones. Los aeródromos en los que había pasado tantos veranos de mi infancia se convirtieron en un recuerdo remoto, asociado con una pérdida.

Sin embargo, a medida que pasaban los años, me encontré a mí misma preguntándome sobre su vida como piloto y su pasión por ello.

Quería descubrir más sobre esta parte más bien escondida de la aviación.

En todo Reino Unido, los aviones se reparan y se venden. Reparar un avión puede llevar meses, incluso años.

Luego hay que llevarlos hasta sus nuevos dueños, estén donde estén en el mundo.

"Sea como sea el avión, tienes que encontrar una forma de hacer que vuele esa distancia, que muchos aviones pequeños no recorrerían normalmente", dice el piloto Julian Storee, de 43 años.

Estos aviones suelen recorrer entre 320 o 645 kilómetros de cada vez. Pero el trecho de agua más estrecho que se recorre en el Atlántico es de más de 1.100 kilómetros.

Como la mayor parte de los aviones pequeños no están presurizados, no está recomendado volar por encima de los 10.000 pies.

Esto hace que sean más susceptibles a condiciones meteorológicas extremas, ya que tienen menos margen para atravesar nubes de tormenta y sobrevolar capas de hielo.

Los grandes aviones de pasajeros pueden volar por encima de los 36.000 o 40.000 pies.

Volar "de verdad"

En un enorme hangar lleno de aviones y helicópteros en el aeropuerto de Biggin Hill, en Reino Unido, Storey me muestra un avión ligero Britten-Norman Islander que está siendo reparado.

Lo están "transformando de algo que tenía aspecto de volver a volar nunca más a algo bien hecho. Es el Land Rover del cielo", dice.

Storee espera entregarlo a sus nuevos dueños una vez que la restauración sea completada y se venda el avión.

Hace unos 18 meses llevó dos modelos iguales desde Escocia a Cape Cod, en la costa este de Estados Unidos.

"Esto es volar de verdad", dice. "Si te gusta la aventura, es lo mejor".

Antes de despegar, el Islander tendrá que ser equipado con tanques de combustible necesarios para el viaje.

Es un avión lento que no tiene el tipo de equipamiento de alta tecnología para lidiar con formaciones de hielo y mal tiempo como sí tienen otros aviones.

"Así que tienes que usar tu propio juicio, habilidades, experiencia, para batirte con la naturaleza y, con suerte, sobrevivir", dice Storey.

Una ruta de la Segunda Guerra Mundial

Esto es lo que siempre me preocupó, sobre todo cuando mi padre volaba por encima del océano.

Sabía que mi padre llevaba equipamiento especial de supervivencia, una precaución que tienen todos los pilotos de este tipo en caso de que tengan que amerizar.

"Lo principal que te mata en el mar es la hipotermia", dice el piloto Dave Henderson, de 60 años, que ha realizado casi un centenar de viajes transatlánticos en aviones ligeros.

"Si acabas en el agua, lo importante es tener una balsa pero también un traje gordo de neopreno, que cubra todo tu cuerpo, con el que podrás sobrevivir unas horas".

En una demostración aérea en Sywell, Reino Unido, me lo encuentro revisando la seguridad de la cabina de un Piper Aerostar de dos motores.

Pertenece a un cliente que quiere que lo lleven hasta Fort Lauderdale, en Florida (Estados Unidos).

Esto costará al dueño alrededor de US$20.000.

El plan es volar hasta el aeropuerto de Wick y luego hasta Reykjavik, en Islandia. Tras pasar allí la noche, la siguiente etapa es Groenlandia, bien a Narsarsuaq en el sur o al norte, a Kulusuk, dependiendo del tiempo, luego ir a Bangor, Maine, y hacia abajo por la costa este.

Reykjavik y Narsarsuaq son lugares de los que recuerdo hablar a mi padre mientras preparaba sus viajes.

Narsarsuaq se conoce también como uno de los aeropuertos más peligrosos del mundo: para aterrizar en él hay que entrar por un fiordo rodeado de montañas y glaciares.

Esta ruta fue descubierta por pilotos durante la Segunda Guerra Mundial, para transportar aviones desde América del Norte hasta Europa para apoyar operaciones de combate.

No es suerte

El exoficial del ejército y transportador de aviones, Robin Durie, experimentó un fallo parcial de los motores durante un vuelo por encima del desierto del Sahara, se ha visto envuelto en dos incidentes separados en los que sus copilotos se quedaron inconscientes en una altitud elevada, y en otra ocasión tuvo que esquivar disparos durante un despegue en Medio Oriente.

"Todos los viajes tienen un elemento de aventura", dice.

Durie está casado y tiene un hijo. Ser padre ha influido en su decisión de reducir los vuelos más arriesgados. Todos los pilotos de este sector con los que he hablado tienen amigos o colegas que han muerto trabajando.

Y todos están de acuerdo en que transportar aviones ligeros no es una profesión para rebeldes.

Manenerse a salvo tiene poco que ver con la suerte. "Todo depende de tomar buenas decisiones. ¿Está bien el clima? ¿Es el viento en contra demasiado fuerte? ¿Tienes suficiente combustible para volar con ese viento en contra?", insiste Storey.

Tras encontrarme con estos pilotos, me acuerdo de cómo se enriqueció mi vida por la aviación y por la pasión de mi padre por volar. Me siento contenta de que tuviera la oportunidad de hacer lo que le apasionaba.

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