El acoso de los paparazzi al príncipe George de Inglaterra ha aumentado, y las tácticas de los fotógrafos son cada vez más peligrosas, según el Palacio de Kensington, la residencia en Londres de sus padres, los duques de Cambridge.

El Palacio pidió a medios de todo el mundo que no publiquen imágenes no autorizadas del niño, que tiene dos años y es el tercero en la línea de sucesión al trono británico, después de su abuelo, el príncipe Carlos, y su padre, el príncipe William.

"Se ha cruzado una línea roja", dice el comunicado.

El Palacio quiere un "debate informado" sobre las fotografía no autorizada a niños.

Un pequeño número de medios, sobre todo en Alemania, Francia, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos han publicado fotos del príncipe George en "circunstancias inaceptables", dice el comunicado.

Aunque la "mayor parte" de los medios en el mundo no lo han hecho.

En el último incidente, la semana pasada, un fotógrafo fue descubierto por la policía debajo del maletero de un auto alquilado intentando hacer fotos a un parque infantil.

El palacio también advierte que fotógrafos han monitoreado las actividades del Príncipe y su niñera en otros parques londinenses y han utilizado lentes de alto alcance para buscar retratos del infante cuando estaba con su madre en parques privados.

En la carta publicada, el secretario de comunicaciones del Palacio de Kensington, Jason Knauf, dijo que George se ha convertido en el "objetivo número uno" del paparazzi.

"En un contexto de seguridad intensificada, estas tácticas son un riesgo para todos los que participan".

"Lo preocupante es que no será siempre posible distinguir rápidamente entre alguien que saca fotos y alguien que intenta hacer un daño mucho más inmediato".

El corresponsal de la BBC para asuntos de la monarquía, Nicholas Witchell, dijo que la familia real espera que al llamar la atención sobre la manera en que algunas fotos de paparazzi son obtenidas por revistas extranjeras, los lectores de esas revistas ejercerán presión sobre los dueños de esos medios para que dejen de publicarlas.

Aunque, advierte, Witchell, puede resultar poco realista esperar que esas revistas sacrifiquen sus ganancias por este método.

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