El crimen organizado en Chile ha experimentado una transformación durante los últimos años. Las investigaciones policiales han permitido detectar organizaciones con mayor capacidad de fuego, estructuras más complejas y vínculos entre distintos grupos que anteriormente operaban de forma más independiente.
El caso de Rogelio Covarrubias, abordado en Reportajes Teletrece, permite observar parte de este fenómeno. El sujeto, que permanece en prisión preventiva y es investigado, entre otros hechos, por un homicidio calificado, habría pasado de participar en delitos contra la propiedad a ocupar un lugar relevante en redes vinculadas al tráfico de drogas en el sector sur de la capital.
Su trayectoria también da cuenta de cómo algunos grupos criminales han incorporado tecnología, armas de mayor poder de fuego y alianzas para ampliar su capacidad de acción.
Del delito común a estructuras más complejas
Covarrubias habría comenzado su trayectoria delictual vinculado a robos y posteriormente habría adquirido un papel dentro de organizaciones dedicadas al narcotráfico.
Los investigadores sitúan parte de su evolución criminal entre 2021 y 2022, periodo en que habría estado relacionado con investigaciones por homicidios en Lo Espejo.
En ese escenario, las disputas entre grupos dedicados al tráfico de drogas habrían generado alianzas entre delincuentes que, pese a pertenecer a estructuras diferentes, se coordinaban frente a enemigos comunes.
La lógica descrita por los investigadores es distinta a la de una banda pequeña y cerrada. Distintos actores pueden establecer acuerdos temporales o permanentes dependiendo de sus intereses y del control territorial que buscan mantener.
Más armas y mayor poder de fuego
Uno de los elementos que aparece con fuerza en el caso es el acceso a armas de fuego. Durante al ingreso al domicilio utilizado por Covarrubias en Paine, la PDI encontró cuatro pistolas desarmadas que provenían desde Argentina.
También fue encontrado un dron utilizado habitualmente en labores de búsqueda y rescate, cuyo valor fue estimado en unos $3 millones.
El hallazgo es relevante porque muestra otro de los elementos que las policías han debido considerar en sus investigaciones, el uso de herramientas tecnológicas que originalmente tienen fines civiles, pero que pueden ser incorporadas a actividades criminales.
A esto se suma el poder de fuego que aparece en investigaciones relacionadas con otros integrantes de estas organizaciones, incluyendo fusiles, armas de alto calibre y grandes cantidades de municiones.
Drones y vigilancia: la tecnología también entra al mundo criminal
La evolución de estas organizaciones no solo se relaciona con las armas, la tecnología forma parte de sus métodos de protección.
En el caso de Covarrubias, los investigadores encontraron un dron de alto valor, y además, describieron medidas de seguridad utilizadas por el grupo que lo acompañaba.
Antes de subir a un vehículo, sus escoltas revisaban que no hubiera dispositivos de seguimiento o escucha instalados en el automóvil
El uso de vehículos diferentes, acompañantes y medidas para evitar ser monitoreados son parte de una lógica de seguridad que, según los antecedentes de la investigación, buscaba proteger a quienes ejercían funciones dentro de las organizaciones.
Las alianzas como una nueva forma de enfrentar las disputas
Otro elemento destacado es la capacidad de distintos grupos para establecer alianzas. Frente a la muerte o detención de algunos de los principales integrantes de estas organizaciones, otros delincuentes habrían ocupado los espacios que quedaron disponibles.
En ese proceso aparecen nombres asociados a distintas bandas del sector sur de Santiago y relaciones que, de acuerdo con la investigación, fueron cambiando con el tiempo.
La consecuencia es una estructura criminal menos estática, donde los integrantes pueden modificar sus alianzas dependiendo de las disputas territoriales, el acceso a drogas, armas o dinero y la necesidad de enfrentar a grupos rivales.