La siesta probablemente sea una de las grandes aportaciones de España al mundo, hasta el punto de que ese vocablo ha sido adoptado -así, directamente en español- por numerosas lenguas.

Hasta el diccionario de Cambridge recoge la palabra 'siesta', definiéndola como "descanso o sueño que se toma después de comer, especialmente en los países cálidos". El propio Winston Churchill era un gran aficionado a ella, tras descubrirla en un viaje que realizó a Cuba.

Sin embargo, aunque el país carga con la fama de paralizarse después de comer la realidad es que se trata de un mito: los españoles sestean muy poco.

La prueba de lo rezagada que se ha quedado España a la hora de dormir la siesta es que en otros países, como Argentina, Bélgica o Japón, hace ya tiempo que existen locales en los que uno se puede echar un sueño durante el día.

En cambio, un local inaugurado hace poco en Madrid acaba de convertirse en el primero de su tipo a nivel nacional. Lo visitamos para vivir de primera mano la curiosa experiencia de pagar por una siesta.


-Hola, muy buenas. Venía a echarme una siesta?

Son las 12:30 horas del mediodía y, detrás del mostrador de Siesta and Go, María Estrella Jorro de Inza nos saluda entre susurros con voz queda, por aquello de no despertar a los que ya están durmiendo a pierna suelta.

Cargados de unas zapatillas y tapones para los oídos, nos conduce de puntillas, por un pasillo sombrío, hasta la habitación individual que hemos elegido para dar una cabezada.

Atravesamos un salón pintado de un gris tan oscuro que roza el negro. Allí se amontonan seis literas muy básicas, fabricadas con tablones de madera sin pintar y cubiertas con mosquiteras para garantizar la privacidad de quienes reposan. 12 plazas en total.

De una de las camas sobresale un pie desnudo, en otra se distinguen las formas de un cuerpo que se gira. En la de más allá se está poniendo los zapatos entre bostezos una mujer que acaba de concluir su siesta. Reina el silencio más absoluto, interrumpido sólo por algunos ronquidos breves y rítmicos.

Llegamos a nuestra habitación, una de las siete estancias individuales con que cuenta este 'siestódromo'. No tiene ventanas. Sobre la mesilla hay unos cascos que permiten una insonorización total, por si los tapones no son suficientes y queremos utilizarlos. Y un cargador para el teléfono móvil.

-"¿A qué hora quiere que le despierte?", pregunta María Estrella, que es la dueña del negocio.

-"En una hora, por favor", le pedimos.

Tiempo veloz

Nos desnudamos y nos deslizamos en la cama. Las sábanas de color gris están frescas, como sólo se sienten cuando están impolutas, recién lavadas.

En la calle hace un calor abrasador, pero gracias al aire acondicionado aquí está fresco. La cama es muy simple. El colchón es bastante cómodo, más duro que blando pero confortable. En cinco minutos estamos ya roncando?.

-"Toc, toc".

Alguien está llamando con suavidad a la puerta. Nos despertamos, miramos el reloj y nos percatamos de que ya ha pasado una hora.

La siesta nos costó 14 euros.

Al salir, nos cruzamos con un inglés que arrastra una enorme maleta que está entrando en el local. Está haciendo una escala en Madrid y, como el metro desde el aeropuerto es directo, ha decidido aprovechar para dormir un poco.

"Quiero una habitación individual durante cinco horas. Voy a dormir tres y el resto del tiempo dejaré la maleta dentro y me iré a dar un paseo", le dice a María Estrella en su precario español.

¿Qué y cuánto?

La inmensa mayoría de los usuarios duermen una media hora. Aunque también hay quienes se echan siestas de dos y tres horas. Los precios varían desde 0,05 (por un sillón protegido por un biombo) a 0,23 euros (por una pieza individual) por minuto.

"Tenemos varias embarazadas que se han hecho clientas fijas. También viene un señor que acaba de ser padre y que como por la noche su bebé no le deja dormir aprovecha para dormir aquí", cuenta Jorro de Inza.

Al principio la mayoría de los clientes eran mujeres, pero los hombres ya han empezado a venir y ahora la situación se ha igualado. Y las habitaciones más demandadas eran las individuales, pero ahora también las literas están teniendo mucho éxito. La gente parece ir perdiendo la vergüenza.

"En invierno no sé si vendré, pero ahora en verano vengo casi a diario. En mi casa hace muchísimo calor, tanto que muchos días no puedo dormir. Aquí estoy fresca y me recupero un poco del cansancio que arrastro", nos cuenta María, una administrativa de 39 años.

"Tengo un ritmo de trabajo infernal, me paso el día en la calle, de un lado para otro. Echarme una pequeña siesta después de comer me permite recuperarme y afrontar las tardes con la cabeza despejada", afirma Sergio, 43 años, empleado de una agencia inmobiliaria.

También hay listos que piensan que aquí se puede compartir lecho con la pareja pagando por minutos. "Sí, recibimos bastantes llamadas de personas que nos preguntan si pueden venir acompañadas y compartir la cama con otro. Por supuesto que no se puede", puntualiza la empresaria.

"Por favor, despiérteme a las 16:00", le pide un señor cincuentón que acaba de entrar en el local.

En un par de horas un toc toc lo despertará y se lanzará a la calle a la corredera de siempre. Pero un poco más descansado.

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