El estadounidense Mathew Shurka es una de las tantas personas que ha tenido que hacer una terapia para acabar con sus tendencias homosexuales. A él lo envió su padre, y Mathew no se lo esperaba, ya que este reaccionó con comprensión y afecto cuando su hijo le contó su secreto, a los 16 años. "Pensé que si alguien podía protegerme, ese era mi padre”, cuenta a DW Mathew hoy, a los 30 años.

Según estimaciones del Instituto Williams, unas 700.000 personas han pasado por esa experiencia. La mitad de ellas tenía menos de 18 años. "La llamada ‘terapia de reparación' tiene como objetivo cambiar la orientación sexual y también la identidad sexual de las personas LGTBI”, explica Christy Mallory, investigadora de ese instituto de California.

"Quienes ofrecen esa terapia todavía piensan que la homosexualidad es una enfermedad que hay que tratar”, añade Mallory, en entrevista con DW. Pero además de los terapeutas, también hay consejeros religiosos que ofrecen ese método. "Está claro que la Iglesia es un gran problema”, subraya, por su parte, Mathew Shurka. "Para muchos cristianos, ser lesbiana o gay es un pecado”.

Actualmente, unos 57.000 jóvenes que tienen entre 13 y 17 años están realizando un tratamiento de fondo religioso, según el Instituto Williams. Entretanto, en muchos Estados ya hay leyes vigentes que prohíben las terapias reparativas a cambio de honorarios. Pero la mayoría de estas se ofrecen de manera gratuita. Sin embargo, gracias a esas leyes, cerca de 6.000 jóvenes podrían evitar tener que pasar por ella.

El hecho de que tantos jóvenes se sometan a ese tipo de terapias es responsabilidad de los padres. Muchos de ellos no aceptan la orientación sexual de sus hijos. Ser homosexual aún provoca prejuicios y estigmas en EE. UU., explica Mathew Shurka. "Estamos viviendo una fase de transición entre los millenials y la población de más edad”, señala. En su opinión, la gente joven acepta mejor la homosexualidad que la generación anterior. Por eso es tan difícil la experiencia de salir del armario para los chicos que dependen aún de sus padres. "Cuando el entorno propio acepta la orientación sexual, es más fácil para para los jóvenes vivir siendo como son”.

La homosexualidad como trauma

Mathew creció en un suburbio de Nueva York, en un hogar de judíos conservadores. "Mi padre nació en Israel, pero sus padres vinieron de Irán”, cuenta el joven. Sin embargo, en su caso, no fue la religión el motivo por el cual su padre quiso que hiciera un tratamiento. "Si la homosexualidad se puede tratar psicológicamente, entonces prefiero que seas heterosexual”, le dijo. "En su mundo como hombre de negocios en EE. UU., si no eres un hombre fuerte, estás perdido”, explica Mathew. "Me explicó que mi vida iba a ser muy difícil si vivía abiertamente como homosexual”, cuenta. Fue ese miedo el que lo hizo iniciar el tratamiento.

"Todas las personas son básicamente heterosexuales. La homosexualidad es solo una reacción a un trauma de la infancia”: ese era el argumento del terapeuta de Mathew. Su terapia se basaba en la conversación, pero también existen otros métodos, como la terapia de aversión, explica Christy Mallory. En su transcurso, los pacientes son confrontados a videos de pornografía homosexual al tiempo que se les aplica descargas eléctricas. El objetivo es relacionar la homosexualidad con una experiencia negativa.

Pensamientos de suicidio

El terapeuta de Mathew descubrió muy pronto qué fue lo que lo había hecho homosexual: "Me diagnosticó que había crecido con demasiados modelos de rol femeninos”, relata. Según el terapeuta, la cercanía a su madre y a sus dos hermanas fue demasiado grande. Además, tenía demasiadas amigas. "Por lo tanto, el primer paso de la terapia consistió en pasar menos tiempo con mujeres, y más tiempo con hombres”. A Mathew no se le permitió hablar con su madre durante semanas. "Me sentía muy mal, pero lo hacía porque pensaba que me iba a ayudar.” Su madre también siguió las indicaciones del terapeuta, pero luego de algunas semanas no pudo ocultar su enfado: "Mi madre no podía creer que una terapia que separa a un hijo de su madre pudiera tener sentido”, rememora.

Algunas organizaciones de salud de EE. UU. advierten sobre el gran peligro que representan las terapias reparativas, alertando, sobre todo, acerca de los peligros físicos, además de señalar que no son efectivas en absoluto, según informa, por ejemplo, la Asociación Médica Estadounidense. También Mathew notó, pasado algún tiempo, que no le hacía bien reprimir su personalidad. Se empezó a deprimir, aumentó casi 30 kilos y tenía pensamientos suicidas. "Durante dos años pensé en matarme, pero no lo intenté nunca”, dice el joven.

Además, habló del tema con muy pocas personas. Tampoco le contó a su terapeuta los sufrimientos por los que estaba pasando. No fue sino hasta después de cinco años que Mathew se animó a terminar el tratamiento. "Pregunté una y otra vez si podía hablar con alguien que hubiera podido cambiar su orientación sexual con éxito”, cuenta. Pero su terapeuta nunca pudo presentarle a nadie, y allí comenzaron sus dudas. A los 21 años, y con graves problemas psíquicos, puso fin a la terapia reparativa. "Necesité dos años para reponerme de la terapia”, recuerda. Primero tuvo que volver a confiar en un terapeuta para poder superar su depresión.

Mathew vive hoy en un pequeño departamento de Manhattan, y su vida es como él quiere que sea: tiene una pareja fija, y en los últimos años se convirtió en el activista más importante en la lucha contra la terapia reparativa en EE. UU. Con su organización "Born Perfect” (Nacido perfecto), ayuda a las víctimas de las terapias de conversión en su país. El aspecto más importante de su trabajo es que se aprueben leyes contra esos métodos terapéuticos. "Queremos terminar con el estigma. La gente tiene que entender de una vez que ser homosexual es algo totalmente normal.”

Al menos, su padre se ha disculpado con él. "Ahora acepta mi orientación. Pero le hubiera gustado más que no me hubiera convertido en un activista”, dice. A pesar de eso, Mathew sigue adelante. "Es absurdo que en EE. UU. esté permitido el matrimonio homosexual, pero que, sin embarog, las terapias reparativas aún no estén totalmente prohibidas.” Él espera que en los próximos años cambie la forma de pensar acerca de la comunidad LGBTI. Pero sabe que le espera un largo camino: "Mientras haya gente que quiere que no existamos, siempre habrá prejuicios.”

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