Este artículo forma parte de la sección The Conversation Júnior, en la que especialistas de las principales universidades y centros de investigación contestan a las dudas de jóvenes curiosos de entre 12 y 16 años. Podéis enviar vuestras preguntas a tcesjunior@theconversation.com

Pregunta formulada por María, de 15 años. IES Miguel de Cervantes (Granada)

¿Quién no se ha sentido triste alguna vez? Es un sentimiento muy común y muy humano, pero conviene no confundirlo con la depresión, que sería un problema de salud mental. Reconocer en qué se diferencian es esencial para cuidarnos a nosotros mismos y saber cuándo solicitar ayuda profesional.

Hace falta estar triste (de vez en cuando)

La tristeza es una emoción natural, incluso necesaria. Aparece como respuesta a situaciones difíciles o frustrantes, como una discusión con un amigo, perder algo importante, suspender un examen, sentirse solo o recibir malas noticias. Nos avisa de que algo no va bien y nos invita a reflexionar o a pedir ayuda. A veces, tras un mal día, hablar con alguien de confianza o hacer algo que nos guste suele aliviarla.

Lo habitual es que la tristeza se vaya por sí sola y no paralice nuestra vida diaria. Aunque el ánimo decaiga, podemos continuar con nuestras tareas, relacionarnos y disfrutar de lo que nos gusta. Es parte del proceso de adaptación. En muchos casos, nos ayuda a reflexionar sobre situaciones difíciles, aprender de ellas y adaptarnos a los cambios.

Señales de alarma

La depresión, en cambio, es una emoción más intensa, dura más tiempo y tiene un impacto importante en la vida cotidiana. Las personas que la sufren pueden perder el interés o el placer en actividades que antes les llenaban; tienden a aislarse, a tener dificultades de concentración, a sentirse agotadas de forma persistente o a pasar largos periodos en la cama. También suelen llorar a menudo y experimentan cambios bruscos en el sueño y en el apetito.

A todo ello se suma un sentimiento de desesperanza: todo parece más pesado, difícil de afrontar y sin salida clara, lo que genera un bloqueo que interfiere con la vida cotidiana.

Por lo tanto, una diferencia clave es que la tristeza suele alternarse con momentos de bienestar y tiende a desaparecer por sí sola, mientras que la depresión permanece y resulta difícil superarla sin apoyo profesional o del entorno cercano (familia, amigos…). Sentirse triste forma parte de la experiencia humana; en cambio, vivir ese bloqueo emocional de manera constante es una señal de que podemos sufrir una depresión.

Y es importante darnos cuenta de que lo que estamos experimentando va más allá de un simple bajón, porque entonces necesitamos ayuda. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que uno de cada siete adolescentes entre 10 a 19 años presenta algún problema de salud mental, y son justamente la depresión y los trastornos de ansiedad los más comunes.

Salir del pozo en buena compañía

Como decíamos antes, para gestionar la tristeza o evitar que derive en algo más serio, suele ser útil compartir lo que sentimos con personas de confianza, que puedan brindar comprensión y apoyo. Mantener una rutina diaria y cuidar el sueño, la alimentación y la actividad física también nos protegen. Además, dedicar tiempo a hobbies, a oír o interpretar música, a disfrutar del arte o hacer deporte ayuda a aliviar ese malestar y a mantener la conexión con los demás.

En algunos países incluso se han creado espacios donde es posible juntarse con otras personas para crear “un escudo” contra la depresión. Por ejemplo, el proyecto Area Abierta, en Montreal (Canadá), propone lugares de encuentro en los que los jóvenes pueden compartir experiencias, recibir acompañamiento emocional y participar en talleres creativos.

En Almería, la Fundación Pública Andaluza para la Integración Social de Personas con Enfermedad Mental (FAISEM) impulsa SM_Escucha, un espacio público para jóvenes menores de 25 años que buscan alivio a sus dificultades psicológicas en momentos difíciles. Apoyado por la Cátedra Universitaria Ciudadanía y Salud Mental FAISEM-UAL, esta iniciativa promueve la escucha activa desde el diálogo abierto: ofrece un lugar seguro para expresarse y poder conectar con otras personas. No hace falta pedir cita y cuenta con un equipo de “facilitadores” que organiza reuniones donde participa el joven que lo solicita junto a quienes este decida invitar.

Disponer de estas opciones no solo nos ayuda a cuidarnos a nosotros mismos, sino que también permite acompañar mejor a quienes nos rodean. Si notas que tú o alguien cercano experimenta un malestar que no desaparece, buscar ayuda a tiempo puede marcar la diferencia.

El museo interactivo Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Júnior.

Adolfo J. Cangas no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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