¿Alguna vez has estado sobrecogido por una emoción pero no puedes describirla?

Eso es algo que difícilmente le sucede ahora a Tiffany Watt Smith, autora de un compendio de emociones que te deja convencido de que siempre necesitamos más palabras para nombrar nuestros sentimientos.

Tiffany trabaja en el maravillosamente llamado Centro para la historia de la emociones, que pertenece al Queen Mary University of London, y cuando hablamos con ella, nos pareció que era la persona más calificada para contestarnos esa pregunta con la que tantas veces empezamos las conversaciones...

¿Cómo estás?

"(Se ríe)... En este momento me siento un poco agotada, pero también contenta y encantada con tu pregunta".

Tiffany tiene ahora al menos 156 palabras -raras y familiares- para contarle a quién sea qué está sintiendo, sin embargo, "a veces todavía siento emociones para las cuales no tengo un nombre, y sigo aprendiendo vocabulario para describirlas todo el tiempo".

"Pero definitivamente ahora me es más fácil describir con más precisión las esquinas más extrañas e inusuales de la mente".

La investigadora no sólo encontró las palabras sino también las historias detrás de ellas, y una que la cautivó, como historiadora que es, fue la de la palabra 'nostalgia'.

"Originalmente, al menos en inglés, se refería a la añoranza de la tierra natal (como morriña). Se deriva de las palabras griegas nóstos -regreso- y álgos -dolor-, y describía una suerte de trastorno, causado por estar muy lejos del hogar y querer volver pero no poder".

"Era una enfermedad muy seria, tanto que podías morir de nostalgia. La última muerte por esta razón es reciente: en 1918 un soldado estadounidense que estaba sirviendo en Francia durante la Primera Guerra Mundial".

Pero ni siquiera la nostalgia es inmune al paso del tiempo.

"Ahora, 100 años después, nunca pensaríamos que alguien se moriría de eso. No es sólo que cambió de significado -pues ahora se refiere más a añorar el pasado- sino que incluso si respetamos el significado original de extrañar un lugar, no lo tomamos tan en serio: los valores del mundo moderno son más afines al movimiento y a los viajes", cuenta Tiffany.

La importancia de poder nombrar

Si nos ponemos a pensar, quizás no es tan difícil imaginar que hay cientos de emociones -"esto es sólo el principio", dijo la autora-, aunque al tratar de enumerar las que se nos vienen a la mente, quizás no pasemos de 50.

¿Encontró Tiffany emociones que no había sentido?

"La experiencia con el libro fue más bien que aprendía una palabra que no conocía y luego me empezaba a dar cuenta que sí había tenido ese sentimiento o lo empezaba a notar más a menudo".

Y eso, señaló, es parte de un campo muy interesante de investigación sobre el lenguaje y las emociones, que trata de cómo tener la palabra para un sentimiento nos permite experimentarlo o al menos reconocerlo porque lo podemos nombrar e identificar.

"Por ejemplo, una de las emociones que disfruté explorar fue la de la palabra japonesa 'amae', que es difícil de explicar pero es el tipo de placer que uno siente cuando puede pasarle la responsabilidad por tu vida y cosas a otra persona, así sea temporalmente. Alguien se hace cargo y tú puedes sentirte abrazada y protegida".

"Es un sentimiento fácil de reconocer, pero una vez tuve la palabra en japonés empecé a notar los momentos en el que lo experimentaba", comenta Tiffany.

"Y es interesante que no tenemos esa palabra en inglés, pues es como si no quisiéramos reconocer la emoción, quizás porque no se ajusta a la manera en la que concebimos nuestra independencia y autosuficiencia", reflexionó.

La emoción más preciada

A la investigadora le parece interesante la felicidad porque "se ha vuelto muy importante. Hoy en día medimos la felicidad, con encuestas nacionales e internacionales".

Señala que es considerada una medida importante de productividad, de bienestar, de salud.

"Hay esta idea de que es un sentimiento muy valorado. De hecho es la emoción a la que debemos aspirar por encima de todo".

"Para mí eso es peculiar, particularmente porque es un desarrollo histórico reciente".

Según la historiadora, en el siglo XVI, los libros equivalentes a los de autoayuda de hoy en día de lo que hablaban era de la tristeza y le enseñaban a la gente a experimentar mejor ese sentimiento.

"La tristeza era la emoción realmente valorada en esa época, pues era considerada una reacción más humilde y más respetable a todos los altibajos de la vida. Además, una persona triste parece más confiable, sobria y valerosa", explica.

"Hoy, cuando alguien está triste, los animamos a que se alegren o los mandamos al médico pues nos parece que les pasa algo malo".

Y advierte: "Es muy importante que estemos conscientes de que la manera en la que nos sentimos frente a la felicidad es el resultado de un conjunto muy particular de condiciones históricas, filosóficas, económicas y políticas, que pueden volver a cambiar".

"No es inevitable que debamos tratar de ser felices".

Pero, al fin y al cabo, ¿qué es la felicidad?

"Ese es uno de los grandes problemas con el concepto de medir la felicidad y es que no todo el mundo tiene la misma idea de lo que es la felicidad".

Matices

"Existe esa teoría de que las emociones pueden ser reducidas a unas pocas básicas -a menudo alegría, tristeza, rabia, miedo y asco-, y la idea parece ser que una combinación de esas pueden explicar toda la complejidad de nuestra experiencia emocional, pero no es así".

Una de las palabras incluidas en el Libro de Emociones Humanas es najes, que es "esa especie de orgullo y deleite que uno siente cuando ve a un hijo o a un hermano menor lograr algo, desde una tontería a algo maravilloso -tocar algo complicado en el violín o casarse-".

"El argumento sería entonces que najes es una subdivisión de alegría, ¡pero no es así, es algo muy específico! Y es muy importante preservar ese rasgo distintivo de las emociones", exclama.

"Es por eso que yo quería escribir este libro, para decir que sentimos cientos y cientos de emociones, y cada una es tan preciosa como las demás".

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