“Es una campaña realmente sucia”: en Ohio, unas elecciones de medio término muy reñidas
François-Damien Bourgery / RFI
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“¡Una futura votante!”. A la entrada del centro de votación, el funcionario electoral anuncia a la niña y a su papá como lo haría un ujier con un jefe de Estado. Su visita durará apenas cinco minutos, como mucho. Tras presentar su documento de identidad, el padre se dirigirá a una primera máquina para elegir a sus candidatos —una decena en total— y luego a una segunda, donde validará su boleta antes de salir. De paso, su hija recibirá una bolsita de lápices de colores y él una calcomanía con la leyenda “Ohio voted” (Ohio ha votado), que podrá lucir en el pecho como una medalla.
Desde el inicio de la votación anticipada, el 6 de octubre, más de 12.000 personas ya votaron en el condado de Medina. Una afluencia inédita para unas elecciones de medio término. Algunos explican que estarán de viaje lejos de casa el día de los comicios; otros, simplemente, que prefieren sacarse el trámite de encima. Cindy, por su parte, optó por adelantarse por temor a que su voto no sea contabilizado: Donald Trump ya amenazó con impugnar los resultados. También está decidida a sacar cuanto antes al multimillonario y a quienes llama sus “lacayos”.
“No confío en ningún republicano. Mienten sin vergüenza y yo detesto la mentira”, dispara esta mujer de más de setenta años, visiblemente indignada. En su boleta solo marcó nombres demócratas.
Cindy es una rareza. El séptimo distrito electoral de Ohio, al que pertenece el condado de Medina, es un bastión del Partido Republicano. Desde hace al menos veinte años vota rojo (el color de los republicanos) en cada elección. En 2016, 2020 y 2024, Donald Trump obtuvo aquí más del 53% de los votos.
“Los republicanos tienen razón el 99% de las veces”, afirma con contundencia Steve Weese al salir del centro de votación. “Aunque tengo muchos desacuerdos con Trump, en economía son mejores que los demócratas”, agrega Dan.
“Un tipo de confianza”
Sin embargo, para representar al distrito, este dueño de una pyme prefirió al demócrata Brian Poindexter antes que al actual representante republicano, que busca la reelección. En las primarias de su partido, celebradas en mayo pasado, este concejal y sindicalista del sector siderúrgico superó a su principal rival por más de diez puntos. Desde entonces, este hombre de cuarenta y tantos años, proveniente de una familia obrera, sigue apostando a fondo por su perfil de metalúrgico: en su sitio de campaña aparece con una sudadera con capucha, casco de obra y barba de tres días, con la promesa de defender a los trabajadores. “Un tipo de confianza”, lo elogia Kerry Jones, sentado en un café del centro de Medina. “Nada que ver con el otro niño de papá”.
El “niño de papá” es Max Miller, que aspira a un tercer mandato. El contraste con su adversario es, en efecto, llamativo. Este treintañero de aspecto pulcro proviene de una familia influyente de Cleveland, la segunda ciudad del estado. Antes de ser elegido para la Cámara de Representantes, fue asesor de Donald Trump y subdirector de su campaña presidencial en 2020. Sin embargo, este verano, tras las acusaciones de violencia intrafamiliar, el ocupante de la Casa Blanca estuvo a punto de retirarle su apoyo. “Va a ser una contienda difícil. No sé si vas a lograr salir adelante”, le habría confiado. El legislador le aseguró que no tenía nada que reprocharse.

A una semana de las elecciones, ambos están cabeza a cabeza en las encuestas. Lo mismo ocurre con los candidatos a gobernador y al Senado. Para inclinar la balanza, cada bando despliega todos sus recursos. El Partido Republicano ya gastó cientos de millones de dólares en anuncios televisivos. Donald Trump incluso viajó dos veces para apoyar a los candidatos, negándose a admitir que su impopularidad pueda producir el efecto contrario. Los demócratas no se quedan atrás. El sábado jugaron su carta más fuerte: Barack Obama. Durante un acto en Cleveland, el expresidente dedicó cuarenta minutos a entusiasmar al electorado con frases punzantes contra el ocupante de la Casa Blanca.
Todo vale, incluso los golpes más bajos. A juzgar por los comentarios, el premio se lo lleva Vivek Ramaswamy. El candidato republicano a gobernador incluyó en un anuncio de campaña el testimonio de la madre de su rival, Amy Acton, a quien ella acusa de haberla maltratado y con quien no mantiene contacto desde hace décadas. “Es una campaña realmente sucia”, opina Monica, con quien nos cruzamos en la plaza central de Medina. “Una campaña muy extraña”, dice, por no decir algo peor, “Electric Pete”, de larga barba blanca y ojos risueños. “Cada uno prefiere denigrar al otro antes que destacar sus propias cualidades”. Al otro extremo de la correa, su gata Squeeky tampoco parece muy a gusto.
No todo es color de rosa
Sin embargo, la pequeña ciudad parece estar al margen del tumulto electoral. Hay que decir que aquí todo invita a la tranquilidad: 26.000 habitantes, barrios de casas por los que deambulan las ciervas, una Gazette —fundada en 1832— que dedica sus principales titulares a la visita de dos periodistas franceses o a los resultados de los equipos de la escuela secundaria, y un centro histórico de edificios de ladrillo rodeado de cafés. Hasta los carteles electorales clavados en los jardines parecen más parte de la decoración que una expresión de militancia.
Pero, si se mira más de cerca, la vida no es tan color de rosa en Medina. Ahí está Steve Arters: 67 años, casado, dos hijos y 400 hectáreas, en su mayoría arrendadas. “Principalmente soja y maíz”, precisa al pie de sus silos de granos. Lleva meses luchando para llegar a fin de mes. Primero fue la guerra comercial que Donald Trump lanzó contra China: un aumento de los aranceles al que Pekín respondió dejando de importar soja estadounidense. Luego, en febrero, estalló el conflicto en Medio Oriente, que disparó los precios de los fertilizantes y del combustible.
Hoy, Steve Arters paga 1,85 dólares por litro de diésel. Hizo las cuentas: son 70.000 dólares al año. “Se nos come todas las ganancias”, se lamenta el agricultor. Teme no poder seguir pagando las facturas ni devolver sus préstamos. “Los grandes van a salir adelante pase lo que pase. Yo soy un pequeño productor y es realmente difícil. Realmente difícil”, repite. “Hay que tener otro trabajo además de este para salir adelante”.
Eso es, precisamente, lo que hacen sus dos hijos. Uno trabaja para una empresa de maquinaria agrícola; el otro cría cerdos de concurso. Ninguno logra establecerse como productor por la expansión urbana, que dispara el precio de la tierra. Proveniente de una familia dedicada a la agricultura desde hace más de doscientos años, Steve Arters podría ser el último en continuar esa tradición.
“Los precios casi se triplicaron”
Aquí, como en todo el país, el costo de vida encabeza las preocupaciones. “Los precios casi se triplicaron en muchos productos”, observa Cheryl, de 63 años. “La comida, la gasolina, los gastos fijos…”. Para salir adelante, esta jubilada no tiene otra opción que acudir cada semana al reparto de alimentos organizado por el banco de alimentos del condado de Medina. Sin esa ayuda, dice, probablemente tendría que resignarse a vender su casa.
Este jueves, el reparto tiene lugar frente al estadio de Wadsworth. Una veintena de voluntarios se distribuye en dos filas, con los brazos cargados de paquetes. Frutas frescas, pastas, salsa de tomate, cartones de leche… Llenan tan rápido como pueden los baúles de los autos que desfilan ante ellos. Más de cien vehículos para cargar en dos horas.
Cheryl también es una de las pocas que no votó por Donald Trump hace dos años. En vísperas de las elecciones de medio término, tiene la esperanza de que Ohio contribuya a inclinar el Congreso a favor de los demócratas. “Creo que mucha gente va a abrir los ojos después de lo que pasó este año. Así que lo único que puedo hacer es esperar que haya un cambio”. Ese día, el banco de alimentos entregará paquetes a más de quinientas personas. Algo nunca visto desde su creación, hace casi quince años, salvo durante la pandemia de COVID-19.
