¿Mira el móvil esperando un mensaje que no llega? ¿Prefiere mantener distancia y contestar solo cuando le apetece? ¿A veces busca cercanía pero, cuando la tiene, siente la necesidad de alejarse? ¿Revisa una y otra vez quién ha visto sus historias o dado like a sus publicaciones?
Estas pequeñas reacciones apuntan directamente a nuestro estilo de apego. Es decir, la forma en que nos vinculamos con las personas y cómo buscamos cercanía y seguridad. Desde la infancia hasta la edad adulta, el apego moldea nuestras relaciones. Y hoy, en un mundo hiperconectado, también se cuela en nuestros chats, en los likes y en ese scroll que parece no tener fin.
Nuestro campamento base
Para explicar mejor la teoría del apego, formulada por John Bowlby, podemos usar como metáfora una excursión por la montaña.
Cada persona tiene su propio campamento base: un lugar donde descansar, recargar energías y sentirse a salvo. Ese campamento es, precisamente, la fuente de apego; o dicho de otro modo, las personas importantes en nuestra vida. Pero no todos nos relacionamos con ese campamento de la misma manera. La frecuencia con la que volvemos a él, la confianza con la que nos alejamos y la forma en que comprobamos que “sigue ahí” configuran nuestro estilo de apego.
Cuando una persona confía en que el campamento permanece disponible, puede explorar la montaña con seguridad y regresar solo cuando necesita provisiones: es el apego seguro. Si en lugar de eso, la mirada se dirige una y otra vez hacia el campamento, como si existiera el temor de perderlo de vista, estamos ante un apego ansioso.
También hay quien prefiere mantenerse a distancia y depender lo menos posible de su refugio: al habla el apego evitativo. Y en algunos casos, acercarse al campamento no resulta del todo tranquilizador; es refugio y, al mismo tiempo, fuente de inquietud. Se trata de la desorientación propia del apego desorganizado.
Por tanto, es la forma en que nos relacionamos con ese “campamento”, más que el campamento en sí, la que modela cómo nos vinculamos, cómo buscamos intimidad y cómo regulamos la distancia y la soledad.
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Un imperativo biológico
El apego es un imperativo biológico tan antiguo como nuestra especie. Su función es simple y esencial para la supervivencia: ayudarnos a sentir protección y seguridad cuando las figuras importantes no están presentes.
En la infancia, se traduce en buscar el regazo de una persona cuidadora; en la vida adulta, en llamar a alguien o quedar para tomar un café; y en la era digital, en recibir un me gusta, comprobar el doble check o subir un story a instagram.
Acciones cotidianas como hacer scroll, revisar publicaciones o comprobar si esa persona está conectada son, en esencia, estrategias para reducir la distancia emocional y sostener el vínculo con las personas que nos importan.
Objetos de transición: mantitas y peluches… digitales
Durante la infancia, muchas personas se apegan intensamente a objetos, como una mantita o un peluche. Son los llamados “objetos de transición”, puentes que tienden a minimizar la polarización entre ausencia y presencia. Simbolizan y proveen cercanía, calma y seguridad cuando la figura de apego no se encuentra disponible.
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Sin embargo, en este nuevo paradigma digital, esos objetos han cambiado de forma. Las mantitas y los peluches han sido desplazados por los smartphones, a los que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha denominado “peluches digitales”.
Este término no alude solo al dispositivo en sí, sino a todas las experiencias que posibilita: un chat fijado con su mejor amigo, una playlist en Spotify cuando baja el ánimo o scrollear infinitamente cuando aparece el nerviosismo o ante la necesidad de evasión y de búsqueda de emociones placenteras.
Estas experiencias ofrecen continuidad, previsibilidad y una sensación de disponibilidad permanente, tres ingredientes clave de la seguridad afectiva. O, como bien habrá identificado, fuente de apego seguro. Y es que, en palabras de Han: “El mundo parece estar digitalmente a mi entera disposición”.
Estilos de apego en el entorno digital
Basta con detenerse un momento a observar el propio uso del móvil para que seamos capaces de “autodefinir” nuestro estilo de apego.
¿Revisamos mensajes constantemente, esperamos respuestas inmediatas o medimos la interacción en me gusta y visualizaciones? El teléfono se convierte entonces en una especie de “base segura” portátil: un lugar al que acudir en busca de señales inmediatas de relación y validación. Así se manifiesta el apego ansioso en el entorno digital.
¿Respondemos a nuestro propio ritmo, marcamos distancia y evitamos una disponibilidad constante? La comunicación digital permite regular la necesidad de espacio personal, mantener distancia emocional y ejercer un control ilusorio ante el temor al abandono o al rechazo social. Este uso del smartphone representa el apego evitativo.
¿Buscamos conectar con alguien, pero cuando lo hacemos sentimos incomodidad o desconfianza? ¿Nos acercamos para luego alejarnos? Es lo que define un patrón de apego desorganizado.
El espacio virtual intensifica la dualidad y la ambivalencia al percibir escenarios y realidades paralelas: mi “yo online” versus mi “yo offline”. En este punto, nacen nuevas formas de comunicación afectiva de las que seguramente haya oído hablar: el ghosting, el love bombing o el breadcrumbing, entre otras muchas. Y desde luego, cada una daría para un artículo completo por sí sola.
Del mundo real al digital
Es posible que, mientras leía este artículo, se haya reconocido en más de un estilo de apego. Y es normal: aunque suele tener una tendencia dominante, no es algo puramente rígido. Según el contexto, cómo nos sintamos o el tipo de relación que tengamos con otras personas, podemos transitar entre distintos patrones de apego.
Concretamente, las personas con apego seguro mantienen un uso equilibrado y saludable en sus relaciones virtuales. Usan las redes sociales para conservar y fortalecer el contacto, pero el vínculo lo sostienen sobre todo fuera de la pantalla.
Sin embargo, incluso cuando en la vida offline existe un buen equilibrio, el entorno digital introduce dinámicas que pueden activar comportamientos propios de estilos de apego más inseguros.
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Muchas aplicaciones están diseñadas para generar respuestas intermitentes y gratificantes: número de likes, reacciones inesperadas o mensajes que llegan sin preaviso. Además, estas “comunicaciones digitales” introducen aspectos como la ambigüedad, la comparación social o señales emocionales poco claras.
Como resultado, es común que aparezcan conductas más impulsivas u obsesivas: revisar el móvil con frecuencia, estar pendiente de las notificaciones o sentir que el dispositivo debe estar siempre a mano, casi como si fuera una extensión del propio cuerpo.
No se trata de un cambio en el estilo de apego, sino de que el contexto digital modifica temporalmente su funcionamiento, creando condiciones que favorecen una mayor desregulación emocional y afectiva. Incluso personas con una base segura pueden experimentar momentos de incertidumbre, ansiedad o tensión en sus vínculos a través de su smartphone.
Hacia una conexión más saludable
Los espacios digitales se han convertido en el escenario principal de nuestras relaciones. No reemplazan los lazos tradicionales, pero sí los transforman y reconfiguran.
Observarnos sin juicio, notando cuándo usamos el móvil por auténtico deseo de conexión y cuándo por ansiedad o necesidad de control, nos da poder de decisión en lugar de una reacción automática. Gestos simples pueden marcar la diferencia: espaciar las comprobaciones del “en línea”, reconocer cuándo scrolleamos por aburrimiento o priorizar el contacto humano frente a interacciones asíncronas y superficiales.
Es una oportunidad para tomar conciencia y relacionarnos de una forma más equilibrada en un mundo hiperconectado. Así, el teléfono dejará de ser un “peluche” al que aferrarnos por miedo y se convertirá en una herramienta al servicio de algo profundamente humano: conectar, consolarse y sentirse parte de algo más grande.
Julia Lijián recibe fondos del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades para la formación de profesorado universitario correspondiente al año 2024, en el marco del Plan Estatal de Investigación Científica, Técnica y de Innovación (PEICTI) 2024-2027.
Raquel Falcó no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.