-La Cámara de Diputados aprobó el plan económico, logrando el gobierno más de los votos necesarios. ¿A qué lo atribuye?

-Fue una jornada satisfactoria. Y, sobre todo, porque se condice con las acciones que se tomaron.

-¿Qué acciones?

-Empezaron hace dos años. Eso es lo primero que hay que entender. Este proyecto no habría pasado si no se hubiese madurado durante los últimos dos años. Desde que empezamos a concebirlo de modo independiente, con economistas en mi oficina; después con el equipo de José Antonio Kast. Esa concepción se traduce en un proyecto muy concreto, donde las cosas están muy estudiadas.

El proyecto interviene varios cuerpos legales, pero de modo quirúrgico. Exactamente las cosas que hay que intervenir para que empiecen a funcionar. Por lo tanto, hay mucho respaldo analítico y cuantitativo en cada una de las cosas que se propone. Hay una coherencia. Eso permite iniciar el envío del proyecto muy temprano, cuando todavía existe capital político suficiente.

-Entonces, el primer factor del triunfo fue que el proyecto se venía trabajado desde hace mucho antes.

-Sí. Este es un proyecto que se viene madurando y que es parte de un programa económico que no termina acá.

La segunda parte, que es muy clave, es el respaldo de la coalición que apoya este gobierno. En particular, el respaldo muy disciplinado de los Republicanos, pero también ciertamente el de la UDI y RN. A eso debo sumar un respaldo muy leal y muy de principios del Partido Nacional Libertario.

Desde esa base, que es muy cohesionada y que es prácticamente la mitad de la Cámara de Diputados, tú puedes conversar con otros. Si esa base no existiera, no podrías conversar.

-¿Sobre la base de qué supuestos operó la negociación?

-Desde la cohesión empieza a operar un fenómeno muy especial. Lo que se dice como un problema, cuando tú estás cohesionado a un lado, no es un problema. Es en la fragmentación política donde hay mucho espacio. Están el PDG, los demócratas, el PPD, existen sensibilidades, existen personas y existe falta de cohesión en muchos de ellos.

Contrariamente a lo que se podía pensar, el voto artículo por artículo al final del día, aunque se ve como algo trabajoso, en un modelo fragmentado es positivo. Porque ahí tienes votos para ciertos artículos de ciertas personas que no los tienes para otros, y viceversa.

Lo mismo corre para las admisibilidades o inadmisibilidades. Por ejemplo, el diputado Jaime Mulet no apoyó una serie de cosas, pero -y fue una grata sorpresa- tuvo un comportamiento extremadamente respetuoso de la Constitución. Apoyó la inadmisibilidad de muchas mociones, aunque no respaldó el proyecto en general.

-Una llave de la negociación fue el Partido de la Gente, donde usted personalmente amarró un acuerdo con Franco Parisi. ¿Qué rescata y qué no del acuerdo con el PDG? 

-Fue una negociación muy positiva y se basó en un principio muy elemental: reconocer que el Partido de la Gente es un partido hecho y derecho, con ideas, con algunas buenas ideas, donde hay puntos en común. Cuando tú reconoces esa cercanía, se empiezan a producir acuerdos y posibilidades de avance.

La decisión del PDG de dejar en libertad de acción fue absolutamente coherente con esta conversación, porque entendíamos que con el Partido de la Gente nos unen ciertos denominadores comunes, pero no nos unen otros. Y muchos de los temas que estaban en este proyecto contenían denominadores que no son comunes.

-¿Por qué pudo sellar un pacto con el PDG y no con la Democracia Cristiana, donde hubo avanzadas conversaciones para que respaldaran la megarreforma?

-Yo creo que la DC tiene que madurar la nueva situación política. Tiene que hacer una reflexión bien profunda. El PDG tiene una gracia: está, en algún sentido, muy a tono con los tiempos. Es un partido práctico, representa a la clase media, entiende ciertas cosas básicas: que si tú pones muchos impuestos no va a haber inversión; si no hay inversión, no hay empleo; y si no hay empleo, a la clase media le va mal. Eso lo entiende.

-¿No lo entendió la DC?

-Por algún motivo, en la centroizquierda ha quedado un resabio de no entender eso, que me cuesta entender. Y en ese resabio se enredan. Ese fue el ripio que existió para no poder llegar a un acuerdo con la Democracia Cristiana.

Bastaba con recordar que el impuesto corporativo que estamos bajando a 23%, con plazo, sigue siendo bastante más alto que el que existía en la época de Ricardo Lagos, que lo subió de 15% a 17%. Y era más alto que el que tenía Eduardo Frei Ruiz-Tagle, cuando la economía crecía como avión y era de 15%.

Entonces, por algún motivo existe esa confusión, ese resabio, ese “no sé qué”, que les genera una distancia y les impide pensar con claridad pragmática, como es el caso del PDG.

Espero que a futuro (la DC) haga una reflexión. No pierdo la esperanza ni la confianza de que vamos a contar más con ellos en otras iniciativas. Pero tienen que reflexionar que haber tomado una posición más distante y más exigente los termina haciendo votar con el Partido Comunista y el Frente Amplio. Tienen que pensar si esa es una estrategia sensata para ellos a mediano plazo. Yo creo que no lo es, pero no está en mí recomendarle a otro cuál es su mejor estrategia.

-Ahora viene el Senado, donde el FA, el PC y parte de la centroizquierda ya han anunciado que rechazarán el proyecto ¿Cómo enfrentará el gobierno esa etapa?

-Hoy tenemos un proyecto que se aprobó con todo el articulado tal como salió de la Comisión de Hacienda. Estamos parados sobre una mayoría no menor. La aprobación para la baja del impuesto de primera categoría excedió por 20 ó 25 votos. Creo que la sorpresa principal no fue tanto que se ganara, sino el margen por el que se ganó.

Mi política comunicacional en esta materia es no ser triunfalista, estar muy abierto a las conversaciones y, al final del día, ir viendo de a poco qué estrategia se va a seguir. Muchas de las cosas que se hablan y se dicen al final son distintas. Esto es como teoría de juegos: una de las claves es entender que el futuro de cómo van a ocurrir las cosas probablemente va a ser distinto de como uno se lo está imaginando.

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-¿Cómo van a enfrentar la eliminación de la franquicia Sence, que aún no concita respaldo transversal?

-Lo del Sence es una tremenda oportunidad para hacer una buena política pública. Nosotros hicimos algo muy directo: dijimos que aquí hay 15 años de evaluaciones negativas de este programa. Es un gasto enorme, con escasa o nula fiscalización, y todas las mediciones que se han hecho muestran impactos nulos en remuneraciones y empleo.

Nos hicimos cargo de algo: todos decían que era malo, académicos, comisiones, evaluaciones, y nadie se había atrevido nunca a hacer nada. Entonces dijimos: lo vamos a eliminar como parte de la contención fiscal.

-Y ocurrió lo que ocurrió.

-Eso generó una resistencia natural. Pero sirvió para que en las comisiones salieran a la luz las evaluaciones adversas, los números y los problemas: que es regresivo, que hay cuestionamientos a los intermediadores, que nadie fiscaliza bien, que muchas empresas ni siquiera evalúan si les sirvió a sus trabajadores.

A partir de eso, hubo propuestas de reformulación, una de la diputada Gael Yeomans, del Frente Amplio, y otra de la diputada Ximena Ossandón, de RN. Ambas tienen elementos importantes de reformulación profunda. Nosotros vamos a estudiar probablemente esas y otras.

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