Trabajé por más de 10 años en un programa diario matinal en la fenecida radio Zero. Ahí solíamos recurrir cuando se caía un entrevistado, a los servicios de Rafael Garay o Franco Parisi, que eran para estos efectos más o menos la misma persona. Alguien que decía cómo y dónde invertir, usando información disponible para cualquiera con algunos términos financieros y algún vago conocimiento de economía más o menos convincente.

Mientras Garay era calmado y distante, Parisi era expansivo, alegre, seductor, aunque notoriamente incapaz de cualquier concepto abstracto, lo que contrastaba con su pedigrí de ex vicedecano la facultad de economía y negocio de la Universidad de Chile.

Nunca decía que no y siempre estaba disponible, no le pedíamos nada más. Recuerdo una vez haberme quejado delante de él de que tenía que pagar muchos más impuestos que los habituales. Con su natural simpatía me dijo que yo era un ingenuo, que podía, contratando los servicios de una persona cercana.

Esa anécdota me explica la tranquilidad absoluta con que Franco Parisi se mueve y habla con total relajo, aunque pesan sobre él las más infamantes acusaciones: Padre que no paga la mantención de sus hijos, profesor acusado de acoso sexual, candidato que rinde mal a propósitos los gastos electorales, sostenedor de colegio que arruina el colegio que administra.

Nada de eso atormenta a Franco Parisi. No le atormenta porque ha sido criado en un ambiente en que los impuestos se pagan solo si eres un ingenuo que no sabe cómo evitarlo.

La magia de Franco Parisi está en que sinceramente cree que no hay nada moralmente cuestionable en no pagar lo que debes. No se ve asimismo como un estafador, sino como un justiciero que socializa la corrupción, que le devuelve al pueblo el derecho a estafarse mutuamente. Este programa menos que simple, le ha permitido ser a través del Partido de la Gente (una mezcla de locos conocidos y locos por conocer) el árbitro de la Nueva Constitución.

Representante perfecto de la impaciencia de la nueva clase media que odia a la elite, porque ve en ellos a una banda de ladrones que comete el crimen mayor de no dejarnos robar como ellos. Los Bad Boys que más que malos son los Ugly Boys, los feos de la fiesta que nadie saca a bailar, pero que saben que en ellos habita un tigre insaciable, un ganador que los winner de siempre no dejan ganar. Una banda de forajidos animados por la fuerza más irreprimible de toda; la venganza, una fuerza ante la que cualquier afán de justicia social parece un ridículo intento de volver a ningunearlos.

Franco Parisi que todos daban por muerto políticamente después de facturar unos calzoncillos Boss al servicio electoral, supo estar en el lugar correcto en el momento correcto para hablar a esa fuerza imparable de la nueva clase media.
Mas bien estuvo en el “no lugar” correcto. Estuvo ahí mismo donde nadie, ni el mismo, lo esperaba: en ninguna parte. Ahí mismo donde se sitúa la nueva política y el nuevo electorado: Justo en ninguna parte.

Al revés del Frente Amplio y su obsesión por el territorio, Franco Parisi probó que el futuro se juega lejos de cualquier franja de tierra conocida o por conocer. Que hay entre el Chile real y el imaginario, entre el soñado y el despierto, otro más que no necesita ni de la televisión, ni de la radio ni mucho menos de la prensa para comunicarse entre sí.

Un país que vive en distintas comunidades de usuarios en las redes sociales, que se siente eso mismo, una comunidad en red, virtual, pero por eso invencible. Una gran familia de huérfanos abandonados. Un mundo con sus noticias propias, con su propio lenguaje, con su propia moral también. Un mundo que le perdona a Franco Parisi todo el machismo que se supone no se le perdona a nadie hoy, porque no es para ellos una persona de carne y hueso sino solo una imagen, ese “franco” que tiene la franqueza de ser un descarado sonriente, un mentiroso sencillo, un buen cabro, bien parecido y sonriente que sabe aprovechar las posibilidades que le quedan. Un apostador. Un ludópata con la suerte de estar en ninguna parte y en todas a la vez.

Parisi descubrió gracias a su autoexilio, la tierra en que crecen los Bukeles y las Meloni y Trump cuando no delira. Parisi consiguió ese sitial por puro azar o más bien por pura conveniencia. Dispuesto a hacer la campaña más barata posible, y ganar con ella el máximo dinero. Incapacitado para hacer cualquier puerta a puerta por sus líos judiciales en Chile, se sentó en su casa de Alabama a decir todo y cualquier cosa que la “gente” quería oír.

No tenía por qué cumplir con nada de lo que prometía. Una vez más en su vida, sin esperar nada, ni estar dispuesto a sacrificar nada, logró incluso lo que no había soñado: una fuerza política activa, ruidosa e impredecible que tiene en la vida política del Chile de hoy un inesperado e incontrolable poder.

Todo parece decir que el PDG, o como llegue a llamarse, tiene mucho, demasiado futuro. Cómo la promesa del dinero digital, su ideología que se basa en creer que no tiene ninguna ideología, es la ganadora indiscutible del proceso de transformación social que empezó con el Estallido.

¿Tiene el mismo futuro Franco Parisi? No se llega a presidente sin algo de mesías y Parisi es más vendedor puerta a puerta que un verdadero mensajero de nada que le importe. Es un banner que aparece en tu pantalla con el ofrecimiento inmediato de tus más profundos deseos, porque en el fondo no le importa nada más que sobrevivir. Carece de constancia y preparación. No estudia, no lee, no habla bien castellano porque piensa en inglés básico de un bróker de tercera. Ni siquiera ha logrado ser lo único que le interesaba ser: millonario.

Pero no me cabe la menor duda que otro, más loco que nuestro ingeniero comercial favorito, podrá usar algunas de las plataformas e intuiciones de Parisi y llegar a encarnar el descontento de una clase media que siente que se ha quedado a medias en todo y que tiene que apostar en un todo o nada para convertirse en el winner soñado.

Quien logre encarnar ese sueño será nuestra pesadilla.

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