EXCLUSIVO | Caso Cahuala: nuevos testimonios apuntan a influencia de líderes de presunta secta en colegio de Chiloé
El caso Cahuala es investigado por la Fiscalía de Los Lagos.
T13 En Vivo
**Esta nota omitirá algunos nombres y detalles con el propósito de no estigmatizar, menoscabar ni exponer a menores de edad
El alcance de los líderes de Cahuala en la isla más importante de la región de Los Lagos es innegable. Además de la comunidad, objeto de una investigación penal por denuncias de exintegrantes por posibles abusos, se suma ahora el colegio fundado por los propios jefes de Cahuala en Castro. El establecimiento educacional es el foco de una nueva arista.
Tres mujeres, con distintas trayectorias y vínculos con la organización, relatan experiencias que ponen en cuestionamientos la independencia del establecimiento frente a la estructura de autoridad de la comunidad, cuyos líderes enfrentan una querella por presunta trata de personas con fines de explotación sexual y laboral.
Tamara–que no es su nombre real y pidió resguardo de su identidad por motivos de seguridad–trabajó en el establecimiento entre 1998 y 2012. Durante esos 14 años fue coordinadora de preescolar y ocupó distintos cargos en el equipo directivo. También era integrante de la comunidad Cahuala, cuyos líderes fueron formalizados en el mes de octubre por el Juzgado de Garantía de Castro.
Desde esa posición, Tamara asegura haber conocido una dinámica en la que integrantes de la comunidad mantenían informado a Enrique Urrutia, conocido también como “El Jefe”, sobre asuntos internos y decisiones profesionales del colegio.

“Siempre hay un Cahuala al interior del colegio. Nunca han dejado de estar algunos Cahuala en el colegio, aunque tuvieran que jubilar. Entonces, lo que pasa dentro del colegio o lo que se hace profesionalmente se comparte con Enrique. Uno se convierte en un mensajero”, relata la antigua funcionaria a Reportajes Teletrece.
El establecimiento educacional forma parte de una estructura empresarial y de negocios surgida a partir de la Comunidad Cahuala. Entre sus principales fundadores y controladores históricos figuran Enrique Urrutia Aburto y su pareja, María Alejandra Pinto Martínez, quienes también han estado vinculados al control de la Sociedad Educacional Cahuala S.A.
Tamara–extrabajadora–recuerda, además, reuniones encabezadas por Urrutia con el equipo directivo en las que, según su testimonio, se abordaban asuntos que excedían el ámbito educativo. Una de ellas habría estado particularmente dedicada al relato de las primeras experiencias sexuales de las mujeres que integraban el equipo, quienes debieron compartir detalles de su intimidad.
“Todas tenían que contar… con la finalidad de desarrollarnos como personas. Era bien raro, porque yo miraba a las otras profesoras que no eran de la comunidad Cahuala y me preguntaba: ¿Por qué tenían que contar esta situación tan íntima que uno pocas veces la comparte? Pero ahí, en un contexto de trabajo, se estaba compartiendo”, recuerda Tamara.
Su relato también apunta al poder que Urrutia habría tenido sobre las opiniones y decisiones de los trabajadores: “Un profesor dijo una vez: bueno, es que el jefe sabe mejor lo que es bueno para mí, que yo mismo. Imagínate la consecuencia que puede tener esto en la psiquis de la persona. Eso yo lo encuentro grave y eso era un profesor que lo dijo. Yo no sé cómo es hoy. Pero en ese momento sí estábamos bastante ligados, en el fondo, a esto de tratar de acercarse al líder, porque él manipula la opinión de todos los demás”.
Trabajar sin recibir un sueldo
Las cuestionadas dinámicas dentro del colegio no se limitarían, según su testimonio, a las relaciones de autoridad. La exfuncionaria también denuncia las condiciones en que trabajó durante 14 años: “No solamente no tuve sueldo, tampoco tuve vacaciones. Cuando decidieron echarme, no me indemnizaron”, revela Tamara.
Su denuncia coincide con la querella presentada por el sobrino de Enrique Urrutia, quien acusó haber trabajado para la comunidad durante más de 15 años sin recibir remuneración, a cambio únicamente de una mensualidad de $40.000.
Aunque su experiencia en el colegio terminó en 2012, Tamara advierte que la influencia de la comunidad sobre el establecimiento podría mantenerse hasta el día de hoy. En particular, cuestiona la autonomía de algunos docentes y la posibilidad de que las decisiones y orientaciones del colegio sigan respondiendo a los lineamientos de sus líderes.
“Ellos son los dueños del colegio y son los que van a dirigir más o menos el relato hoy. Y los que van a dar un poco la norma valórica del colegio. Honestamente no sé cuánto es hoy en día, pero sí hay profesores que son de la comunidad de Cahuala, sí hay profesores que reportan a la comunidad y que no son personas absolutamente libres de conciencia”, concluye.
La infancia dentro de Cahuala: “Lo que pasaba en la comunidad también tenía consecuencias en el colegio”
El segundo relato traslada a la infancia dentro de Cahuala. La protagonista–quien también solicitó resguardo de su identidad y a quien llamaremos Sonia–nació y creció en la comunidad hasta los 10 años, y durante ese período también fue alumna del colegio fundado por sus líderes. Desde esa experiencia, Sonia recuerda cómo las dinámicas que marcaban la vida familiar se extendían también al establecimiento educacional.
Uno de los recuerdos que más la marcó fue el distanciamiento que, según cuenta, debía mantener con sus padres biológicos, quienes también formaban parte de Cahuala: “No era lo mismo si yo abrazo a una persona x, que si yo abrazo a mi mamá o mi papá. Si yo abrazo a mi mamá o papá eso desencadena en una humillación, literalmente bullying. No le podía decir mamá o papá, debía llamarlos por su nombre y en cualquier instancia, por ejemplo el apoderado del colegio o el que te lleva al médico, no pueden ser ellos”.

Con los años, Sonia asegura que comenzó a reconocer esas mismas dinámicas en el establecimiento. “El colegio tenía la misma filosofía de la comunidad. Algunos profesores eran miembros de Cahuala y la directora, durante la mayor parte de mi infancia, también pertenecía a ella”, relata.
Si bien reconoce que el colegio recibía estudiantes externos que no necesariamente compartían las ideas de la comunidad, sostiene que ambos espacios funcionaban dentro de un mismo entorno de influencia. “A nivel de filosofía coincide. Ahora es un colegio relativamente común y corriente, donde muchos no saben o comparten la filosofía Cahuala, pero efectivamente estás dentro del mismo ecosistema”, explica.
Dos meses fuera del colegio
Uno de los episodios que más recuerda Sonia, ocurrió cuando cursaba segundo básico. Según su testimonio, fue suspendida durante aproximadamente dos meses por su caligrafía, pese a que tenía buenas calificaciones. Durante ese período, en lugar de asistir a clases, debió realizar labores domésticas en la comunidad, como hacer camas, lustrar zapatos y cortar leña.
“Era muy buena alumna, tenía muy buenas notas. No entendía por qué me suspendían dos meses si intentaba portarme bien”, recuerda.
Con los años, ese episodio adquirió un significado distinto para ella. La persona que había decidido su suspensión era entonces la directora del colegio, pero también ocupaba una posición de autoridad dentro de la comunidad, donde era reconocida como una de las “Jefas”.
“Lo que pienso es que tenía seguramente que ver con mis papás, no conmigo, alguna especie de manipulación psicológica que haya estado ocurriendo. En ese tiempo mis papás ya estaban buscando la forma de salir de la comunidad Cahuala, entonces creo que puede haber sido un castigo. Era como decir, yo puedo tomar esta decisión y marcar así de fácil la vida a tu hija y si decido que en todo el año no va a ir al colegio, lo puedo hacer”, confiesa Sonia.
La salida de sus padres de la presunta secta también estuvo marcada por dificultades económicas. Sin ahorros ni redes de apoyo, inicialmente abandonaron Cahuala sin ella y regresaron aproximadamente un año después. Sonia recuerda que “no podían sacar a una niña de nueve años sin saber dónde iban a vivir o cómo iban a mantenerla. De a poco fui entendiendo lo mal que lo habían pasado ellos, la poca libertad que tuvieron y lo valientes que fueron para que yo no viviera lo que ellos vivieron. Literal me sacaron de la comunidad de manera casi clandestina”.
Ella no fue la única persona que nació y que tuvo que estudiar en Cahuala. Dentro de la comunidad era una normalidad. Para esta mujer, “todo lo que pasaba en Cahuala podía tener consecuencias en el colegio, porque obviamente todo estaba conectado”, concluye.
La exdirectiva que cuestionó el poder detrás del Colegio Cahuala
Una tercera voz se suma a los testimonios de esta nueva arista. Se trata de Gloria Rodríguez, quien durante más de veinte años fue profesora e integrante del equipo directivo del Colegio Cahuala.
En una carta titulada “El mando oculto del Colegio Cahuala”–a la que accedió Reportajes Teletrece–, Rodríguez expone los motivos que la llevaron a cuestionar el proyecto educativo, abandonar el establecimiento y romper sus vínculos con la comunidad.
Su primera ruptura con el proyecto ocurrió en 2019, cuando conoció testimonios de mujeres que habían nacido y crecido en Cahuala y que denunciaban haber sufrido abusos sexuales durante su infancia por parte de integrantes mayores de la comunidad.
“Estos hechos no habían sido compartidos con el equipo directivo del colegio, pese a que nosotros participábamos en las sesiones de desarrollo de Cahuala, donde exponíamos abiertamente nuestras vidas personales y profesionales. Me resultó especialmente grave que, mientras yo promovía los principios de la educación Cahuala como profesora de Iniciación a la Filosofía, se nos hubiera ocultado información tan relevante sobre la crianza y formación de los propios niños y niñas de la comunidad”, escribió.

Para Rodríguez, conocer esos antecedentes significó una ruptura de confianza y la llevó a cuestionar la transparencia de quienes dirigían la comunidad.
“Sentí que existía una agenda interna que desconocíamos y una profunda asimetría de confianza. Nosotros compartíamos todo, pero ellos nada con nosotros, sostiene.
A partir de ese quiebre, Rodríguez comenzó a cuestionar también la estructura de autoridad de Cahuala y su influencia en el funcionamiento del colegio. En su carta, identifica a Enrique Urrutia como la autoridad real del proyecto educativo, mientras que asegura que Alejandra Pinto habría ejercido la dirección formal del establecimiento en ese período.
“Durante años creí que al interior de la comunidad se vivía una forma superior de desarrollo humano y espiritual, casi un “cielo en la tierra”, como Enrique Urrutia nos hacía creer. Me esforcé por crecer personalmente y alcanzar ese supuesto nivel de conciencia. Los testimonios me hicieron cuestionar profundamente aquella promesa: detrás del ideal de evolución espiritual aparecían relatos de sometimiento, abuso de poder y relaciones sexuales condicionadas por la autoridad. Hoy agradezco no haber alcanzado nunca aquel supuesto 'nivel espiritual' ", escribió.
Un caso de abuso sexual que plantea interrogantes
En su carta, Rodríguez también aborda un episodio que considera especialmente grave: el abuso sexual sufrido por un estudiante con necesidades educativas especiales, cometido por tres compañeros que posteriormente fueron condenados por la justicia. La exdirectiva cuestiona la forma en que se gestionó el caso.
“A diferencia de otros asuntos relevantes que tratábamos colectivamente, Alejandra Pinto gestionó este caso de manera reservada, sin la participación habitual del equipo directivo. En ese mismo período, jóvenes adultas nacidas y criadas en la comunidad denunciaban abusos sexuales reiterados durante su infancia. Ante estos antecedentes, me pregunto: ¿la prioridad institucional fue proteger al estudiante afectado o evitar que los hechos comprometieran a la comunidad?”
La exdirectiva también reconoce que la convicción de pertenecer a un proyecto excepcional pudo dificultar el reconocimiento de situaciones de daño al interior de Cahuala.
Finalmente, Rodríguez manifiesta preocupación por la permanencia de integrantes activos de la comunidad en funciones educativas, administrativas y de dirección de actividades escolares y scouts: “¿Puede garantizarse una educación crítica y autónoma cuando quienes la dirigen han aprendido que ciertas autoridades no pueden ser cuestionadas?”, finaliza.
La respuesta del Colegio Cahuala: “La institución no es parte de procesos judiciales”
Consultado por esta investigación de Reportajes Teletrece, el colegio Cahuala respondió mediante una declaración escrita, firmada por su directora subrogante, Claudia Mancilla. En ella, descartó irregularidades institucionales y rechazó los cuestionamientos sobre su funcionamiento y sus prácticas laborales.
Uno de los puntos que aclaró fue la representación legal del establecimiento: aseguró que actualmente recae en Mariela López Véliz y no en María Alejandra Pinto, pareja de Enrique Urrutia e investigada en la causa por trata de personas con fines de explotación laboral.
Sobre el funcionamiento del colegio, la institución sostuvo que opera como una comunidad formativa autónoma, sujeta a la normativa del Ministerio de Educación y de la Superintendencia de Educación.
“La Institución no es parte ni se encuentra vinculada a procesos indagatorios judiciales de orden criminal, los cuales corresponde a la esfera estrictamente personal de personas naturales”, sostuvo la directora subrogante
También desmintió categóricamente las acusaciones relacionadas con eventuales incumplimientos laborales y económicos. “El colegio mantiene sus compromisos laborales al día y conforme a la legislación vigente”, señala la declaración escrita.
Finalmente, rechazó que información personal o socioemocional de estudiantes y apoderados sea compartida con personas ajenas al ámbito técnico-pedagógico del establecimiento.
