Juan Ignacio Pérez Iglesias, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

La menopausia es, desde una perspectiva evolutiva y en apariencia, una anomalía. De hecho, es un fenómeno muy poco frecuente en el mundo animal. En casi todas las especies las hembras se mantienen fértiles a lo largo de toda su vida. La nuestra forma parte de un pequeño grupo de mamíferos en los que la capacidad reproductiva se deteriora de forma acelerada con relación al declive orgánico general. El grupo lo completan el calderón tropical, la beluga, el narval y la orca, todos ellos cetáceos odontocetos. Las hembras de esas especies pueden vivir décadas después de cesar de ovular y, por lo tanto, de poder procrear.

El biólogo norteamericano George C. Williams propuso en 1957 que la menopausia podría ser, en realidad, una adaptación. Pensó que desde el punto de vista evolutivo podría resultar más conveniente para las mujeres dedicar sus esfuerzos a apoyar a sus descendientes que tener ellas una progenie mayor.

Conforme envejecemos aumenta la probabilidad de morir, por lo que si una mujer tiene descendencia a una edad avanzada, no sería improbable que sus últimos hijos no pudieran sobrevivir al morir ella. En tal caso, el esfuerzo que esa mujer hubiese dedicado a esos últimos hijos habría resultado baldío, pues sus genes no habrían podido ser transmitidos a las siguientes generaciones.

Por otro lado, que en una población haya individuos que no se reproducen carece de sentido desde un punto de vista evolutivo. Esos individuos consumen unos recursos que podrían utilizar otros en beneficio de su propia progenie.

Por estas razones, Williams propuso que las mujeres de mayor edad contribuyen de una forma más efectiva a transmitir sus genes a las generaciones posteriores dedicando sus esfuerzos a los descendientes que ya forman parte del grupo. Es decir, a sus nietos y nietas, en vez de hacerlo a los hijos e hijas que pudieran tener a una edad avanzada.

La “hipótesis de la abuela”, como se conoce en la actualidad a la propuesta de Williams, cuenta con respaldo empírico en nuestra especie. Tanto en grupos de cazadores-recolectores como en sociedades preindustriales se ha comprobado que las abuelas que no se reproducen aumentan la probabilidad de supervivencia de sus nietos.

En otras palabras, su presencia en el grupo facilita que sus genes –los que han llegado hasta los nietos– perduren tras su propia muerte. Dicho en lenguaje darwinista, mejore su propio éxito evolutivo (fitness) a través del cuidado que presta a sus nietos.

Unsplash/Tobias Adam, CC BY

Hay especies, como el elefante asiático y posiblemente también los africanos, de las que sabemos que las abuelas mejoran la supervivencia de los nietos, aunque en este caso se siguen reproduciendo. Pero aparte de la especie humana, en ningún otro animal se contaba con pruebas fehacientes en favor de la “hipótesis de la abuela”. Hasta hace poco.

A finales del año pasado se publicó un estudio con orcas que documenta el efecto positivo que tienen las abuelas que no se reproducen en la supervivencia de sus nietos. Los resultados no solo confirmaron ese efecto, también mostraron que las abuelas que siguen procreando no prestan un apoyo similar al que brindan las menopaúsicas.

La importancia que ese periodo posmenopáusico tan extenso tiene en seres humanos y en orcas habría impulsado, según los especialistas, un aumento en la longevidad de las dos especies. La mayor supervivencia de los nietos durante los años de vida añadidos habría compensado con creces, y en términos evolutivos, el cese de la procreación.


Una versión de este artículo fue publicada en el Cuaderno de Cultura Científica de la UPV/EHU


Juan Ignacio Pérez Iglesias, Catedrático de Fisiología, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

This article is republished from The Conversation under a Creative Commons license. Read the original article.

 

 

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