-Tu libro recrea los años 60 y 70 desde la mirada de un niño que va creciendo. ¿Por qué decidiste hacer una novela y no unas memorias?

-Es la primera vez que me aventuro con algo parecido a la novela, nunca escribí narrativa. Los primeros textos, que se perdieron, eran del año 96. Desde esa época que vengo tanteando el libro. Tengo una familiaridad como lector con el género. Por algún motivo, no me sentía llamado a ejercitarme en la ficción.

-Pese a que fueron años intensos, la política no es protagonista. “En mi casa no hubo gritos de júbilo ni repudio. Más bien todos bajaron el volumen esa mañana”, escribes sobre el 11 de septiembre.

-El libro tiene una categoría sicológica más que sociológica. Evité la política, porque traté de hacer mundos un poco más difusos, más fantasmales, con gente que entra y sale de escena por una vez. Yo quería registrar el mundo tal como se va presentando en la mente de un testigo perplejo, que es el niño de clase media. Hay un título de Natalia Ginzburg que se llama La ciudad y la casa. Yo quería armar el relato en relación a esos dos polos.

El mundo hacia dentro, y el mundo hacia fuera, que se empieza a conocer. El mundo hacia dentro se por sentado, es tan interminable como el otro.

-Eres santiaguino y describes  la vida de barrio de los años 60. ¿Ha cambiado mucho?

-Todavía estaba esa especie de alternancia de encontrar varios tipos de realidades y pertenencias en un espacio acotado, en un par de manzanas, había cités,  casonas grandes, todo muy mezclado. Me acuerdo que una vez estaba en Londres, con Neil Davidson, una mañana temprano y había niños jugando: un judío, un negro, un inglés y todos juntos. Le dije a Neil: “Esta es una muestra de integración social real”. Me dijo: “Pero dura hasta los 14 años. Después todos se segregan en sus propias comunidades”. En Santiago pasaba lo mismo, estas patotas infantiles de niños de distintas procedencias. Después cada uno toma el destino según su familia.

-Tú eres un gran cronista de Santiago. Quería preguntarte cómo ves el centro. Se observa descuidado.

-Estamos viviendo una equivocación, una inversión de los códigos. No me hallo para nada cuando voy al centro, que está en calidad de sitio eriazo. Los muchachos del estallido o quienes hicieron esta destrucción trataron de lograr el sinsentido, el basural, la no pertenencia. Esa fue la herida.¿Cómo se puede comparar un café literario como el que había en Bustamante con lo que hay ahora? Era un lugar discreto, módico, de encuentro de distintas personas: de gente que vivía cerca y otros que venían de lejos, no había distinción. Eso lo hacía muy agradable. Un espacio de convivencia. Eso está transformado en una porquería. Destruida simplemente.

 -¿Qué impresión te dejan los rallados y destrozos?

-La huella que se ve es obvia. Lo único que puedo ver en esa huella del estallido es el odio. Ningún discurso, ninguna convicción de nada. Lo que hay es basura. Eso es lo que dejaron. Resentimiento puro. Revanchismo no sé de qué. Si algo como el Café Literario no era ofensivo ni podía serlo. Al contrario era un símbolo de pertenencia, te hacía sentir dentro de una ciudad, de una comunidad. Y justamente lo atacaron. No sé por qué.

-El arquitecto Iván Poduje, lamentaba que costó mucho rescatar Santiago, unos 30 años de distintas iniciativas y en unos días se redujo a nada.

-Hubo esfuerzos. Ahora es una ciudad que pasó por una guerra. Para mí se transformó en una urbe desconocida, no sabes qué lugares son peligrosos, cuáles no. Hay una especie de metrópolis invadida, ocupada. Es muy triste. No creo que haya habido momento similar en la historia de Santiago.

-Pero ha habido revueltas antes.

-Hay episodios muy notorios de asonadas, en las que hubo destrucciones considerables, pero que era puntuales, después se recuperaba la ciudad y el centro  volvía a una disposición más positiva respecto a la vida, a la sociedad.

Pero eso ahora no se ha dado. Si lo vemos como fantasma, el fantasma del estallido social estaba desde antes. En realidad siempre estuvo, desde fines del siglo XIX, y particularmente desde la revolución o “mitin de la carne”, en 1905. El temor a que en algún momento venía un desborde incontrolable.

-¿Es la expresión de fractura social?

-Algo equivalente a una falla geológica, una grieta. En todo caso me parece que siempre en estas circunstancia, hay gente que se aprovecha o mueve los hilos. Y eso me parece muy siniestro.

-¿Tú sigues caminando por Santiago como lo hacías antes?

-Pocazo, camino por Providencia, me cambiaron mis circunstancias. Iba a ver a mi mamá, que ya no está. Pero he caminado desde la Plaza Italia, por Parque Bustamante, y de ahí al centro. Y es impresionante, realmente. La zona cero es una cosa espeluznante. Las mansiones que había en Vicuña Mackenna al llegar a Plaza Italia están incendiadas. Adentro se escuchan voces y hay carpas también, gente viviendo en el antejardín. Es una escena que si la muestras en una película se hace inverosímil. Es como una versión onírica, una pesadilla, lo que estamos viviendo. Hay un feísmo, una voluntad de sitio eriazo en la ciudad. Lo que no se entiende bien es por qué no se retoma el paisaje anterior. Parece que el miedo a que vuelva esta lesera paraliza.

-Los militares sacaron la estatua de Baquedano.

-Es increíble. Cincuenta pinganillas contra el poder del Estado. Es un fenómeno muy extraño. Creo que hay motivos y fuerzas que uno desconoce. Todavía no me queda claro qué quiso decir Piñera con esa frase de que estamos en guerra contra un enemigo poderoso. Algunos dicen que Piñera le declaró la guerra a Chile, qué imbecilidad. Eso no es cierto. En todo caso, espero que se restituya el centro, no puede ser que abandonemos a nuestra propia ciudad. Caminar por el centro deja una sensación de abandono e irracionalidad.

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